La democracia liberal, como la hemos conocido, se enfrenta a un peligro de muerte casi sin darse cuenta. En países desarrollados de Occidente, casi las reglas no han cambiado desde hace 200 años. Y por acá tampoco.
Aunque sabemos que hay una crisis con esta versión de la democracia, esa crisis no empezó ayer. Como todo fenómeno social, se cocina a baja temperatura, pero es bueno recordar a las antiguas ollas de presión y las terribles explosiones ocasionadas por el aumento de presión sin control.
Hay muchas causas y, a mi juicio, todas tienen que ver con el individualismo y el egoísmo que se ha incrustado y vive a todo placer dentro de la civilización occidental. Puede ser un resultado no previsto de dicha condición, pero sí que es una causa y a mi juicio resulta evidente.
Me refiero al individualismo egoísta, donde cada quien debe velar por sí mismo, trabajar duro y pagar sus impuestos… y presumir que los beneficios se verán a mediano plazo.
No obstante, si existe la movilidad social, eso funciona razonablemente bien en la clase trabajadora y en la clase media tradicional, pero en las clases más pudientes ha dado lugar a monopolios, oligopolios, compras para cerrar empresas de la competencia y todas esas cosillas que matan la cacareada “libre competencia”, sin promover, además, la tan necesaria movilidad social.
En este panorama, la clase media, otrora señal de fuerza y estabilidad de un país, no hace más que reducirse constantemente y una cada vez mayor parte de la clase trabajadora se desplaza hacia la pobreza.
Hay otro problema mayor. La democracia moderna está definida como el gobierno de los ciudadanos para mejorar las condiciones y las oportunidades para todos los asociados. Y así empezó, al menos en el papel… Pues, ¡existía la esclavitud!
No obstante, a mi juicio, este individualismo egoísta fue conduciendo al animal social hacia la creación de una nueva casta. Ahora no sólo están la clase trabajadora, la clase media y la clase pudiente. Hoy existe: ¡la clase política!
Individualista y egoísta, se trata de un grupo social que se enorgullece del número de períodos en el poder… Sólo piensa en ella misma y en los mecanismos para perpetuarse, con todos los conocidos problemas de un populismo que no resuelve nada, sino que eterniza el problema de los ciudadanos.
Con un renacimiento prometedor de la democracia griega, como resultado de las revoluciones francesa y americana, en el transcurrir del tiempo las clases gobernantes de las naciones occidentales, por razones de comodidad o de hipocresía, colocaron testaferros en puestos políticos y en posiciones militares para proteger el statu quo.
Más temprano que tarde, estos grupos se percataron de que era mejor no tener que rendir cuentas sino a ellos mismos, y surgieron, primero, los gobiernos militares y, posteriormente, los gobiernos de políticos profesionales que se enriquecen a costa del erario, los contratos a sus “amigos” y la repartición de prebendas que siempre se traducen en dinero. Más recientemente, se han quitado la careta los gobiernos controlados por el crimen de cuello blanco y hasta por el narcotráfico organizado.
Esta “clase política” está incrustada en todos los poderes del Estado, en diferentes formas y con diferentes sabores, pero no deja de ser la misma cosa. Nadie juzga a nadie y la impunidad reina.
A muchos les preocupa la impunidad, pero considero que esta es solamente una manifestación del problema… Es la fiebre que resulta de una enfermedad, que ojalá no sea mortal.
Aún así, siempre existe una oportunidad, aunque en estos momentos sólo veo una en Panamá para los próximos años. Si esta falla, por cualquier razón, que el tsunami social nos encuentre confesados.
El autor es ingeniero, informático y escritor

