Francisco Moreno Mejías fliamoreno@cwp.net.pa
¿Qué le parecería si fuera usted caminando por la calle, se le acercara alguien con la cara tapada y le preguntara: ¿Quién eres? Supongo que, por muy educado que usted sea, le darían ganas de responderle: ¿y a ti qué diablos te importa? Bueno, pues esto es lo que sucede cada vez que usted marca un número de teléfono y le pregunta a quien contesta: ¿Quién habla? A mí me ha pasado cantidad de veces y para no caer en la tentación de ser tan patán como el que llama, suelo preguntar: ¿Con quién quiere usted hablar? Lo curioso del asunto es que casi todos los que inician una llamada telefónica con ¿quién habla? se sienten con tanto derecho a que se les responda a la impertinente pregunta, que más de uno me ha insultado por no hacerlo.
Otros preguntan directamente por la persona con quien quieren hablar sin más preámbulos. No creo que haya que aprobar un curso de urbanidad para saber que cuando alguien se presenta a un desconocido debe empezar por identificarse para que el otro sepa con quién está hablando. No me parece tan difícil entender que la persona que responde una llamada telefónica no le está viendo a usted ni la cara ni la cédula y si usted se llama Fulano y quiere hablar con Mengano, pues déjese de adivinanzas y diga sencillamente: Soy Fulano y quiero hablar con Mengano.
Tampoco hay que irse, como muchas recepcionistas, al extremo opuesto y caer en la ridiculez de llamar mi amor a cualquier bicho viviente que les telefonee, aunque no lo hayan visto ni lo verán nunca. Otras, supongo que queriendo ser amables, contestan con un sí joven, a cualquiera que llame, aunque tenga más años que Matusalén.
Así como estas cortesías artificiosas y empalagosas denotan ignorancia, el vicio de la descortesía gratuita es un signo de la prepotencia con que quieren ocultar su complejo de inferioridad muchos de nuestros conciudadanos, a los que habría que recordarles lo que dice aquel viejo refrán castellano: Lo cortés no quita lo valiente.
El autor es jubilado
