Testimonio

¿Hablar con los niños de la muerte?

¿Hablar con los niños de la muerte?
¿Hablar con los niños de la muerte?

A lo largo de nuestras vidas, cada uno de nosotros se ha enfrentado, de alguna manera u otra, a la muerte. Seguramente siendo niños hemos enfrentado a la muerte al fallecer un ser querido nuestro, el familiar de un amigo, alguien de la escuela o alguna mascota adorada.

Quizás, si hacemos memoria, podemos recordar cómo nos sentimos en ese momento: afligidos, confundidos, muchos sin lograr entender exactamente qué pasó y por qué. Al intentar recordar mis experiencias al perder a un ser querido, me surgen algunas interrogantes. ¿Podrían haberme explicado mejor qué estaba pasando? ¿Podrían haberme acompañado mejor para atravesar ese momento?

Hace pocos días, Baileys, nuestra amada perrita de 2 años, murió repentinamente. Además de hacer mi propio duelo, me enfrenté a la difícil tarea de explicarle a mi hija Clara, de 2 años y medio, qué había pasado con su fiel compañera de travesuras. Quiero aprovechar esta situación personal para escribir de niños y la muerte.

Entiendo que leer ambas palabras en la misma oración puede generar un fuerte rechazo, ya que seguro son dos palabras que nunca queremos leer o escuchar juntas, y mucho menos tener que lidiarlas en la vida real. Me puse a reflexionar si es la muerte un tema de la infancia, y llegué a la conclusión de que es un tema que, definitivamente, debemos abordar en esta etapa de la vida, porque, entre otras cosas, los niños son curiosos y la muerte es muchas veces un misterio.

Los niños se enfrentan todos los días a la muerte en la naturaleza, la escuchan en los cuentos infantiles y a veces la tienen que vivir cuando pierden a un ser querido. Esto sucede, a pesar de que a los adultos nos guste, no nos guste o nos genere rechazo el tema de la muerte, por lo que se vuelve necesario aceptar que como adultos nos puede tocar y debemos prepararnos para comunicar el tema a nuestros niños de la mejor manera posible.

Muchas veces, cuando los niños nos preguntan sobre la muerte, porque quieren o necesitan hablar del tema, se encuentran con una gran barrera: nosotros mismos, los adultos, a quienes nos incomoda abordar el tema porque pensamos “¿Cómo le voy a hablar de muerte?” o “son muy pequeños y todavía no entienden de esto.” ¿Recuerdan cuando acompañaron a un bebé a dar sus primeros pasos? ¿Recuerdan haber dejado al bebé dar pasitos inestables mientras lo acompañaban desde atrás o al lado, para sostenerlo si se caía y para evitar que se lastimara? A veces hablar con los chicos de la muerte es muy parecido a eso; sabemos que los puede lastimar, pero los llevamos de la mano de la mejor manera que podemos, para alivianar el golpe.

En la medida de lo posible, hay que hablar con los niños sin miedo, y si tenemos miedo, debemos atravesarlo como mejor podamos. También es importante que cada uno de nosotros piense de vez en cuando en la muerte, porque a veces es más difícil enfrentar estas charlas si no sabemos qué pensamos o sentimos sobre el tema.

No hay una receta mágica para hablar con los chicos de la muerte, pero hay algunas formas que podemos considerar: a veces hay que poner a los niños a hablar sobre lo que saben o imaginan de la muerte, otras veces es mejor devolverles una pregunta con otra pregunta, como ¿tú qué imaginas? ¿Por qué se te ocurrió hablar de eso?

Para hablar de la muerte con los chicos no siempre es necesario usar palabras; podemos usar cuentos, canciones, dibujos, incluso, silencios. También es importante destacar que cada uno tiene su estilo, y algunos lo toman con más humor que otros. Independientemente de cómo se lleve a cabo, al hablar de la muerte con los niños no debemos olvidar dos cosas muy importantes: la claridad y la sinceridad. Debemos esforzarnos por ser lo más claros y sinceros que podamos. Las respuestas no siempre son fáciles, pero lo que nunca debemos hacer es mentir.

Lamentablemente, con más frecuencia de la que deben, al preguntar sobre la muerte, los niños se encuentran con respuestas evasivas, tales como “¿cómo se te ocurre preguntar eso?” o “mejor no pienses en eso”. En vez de ayudarlos, este tipo de barreras solo contribuyen a confundirlos más, y a enseñarles que la mejor estrategia para lidiar con el dolor es ignorarlo, embotellarlo y no pensar en él. Creo que muchos estarán de acuerdo en que esto, a la larga, es muy dañino emocionalmente, y no es la enseñanza ideal para los niños sobre cómo manejar sus emociones. Consideremos cambiar la narrativa, eliminar las barreras y sustituirlas por brazos abiertos, creando así un entorno propicio para conversar.

Los invito a que tengamos presente el tema de la muerte. Sé que es duro, pero, más allá de lo que cada uno de nosotros piense o sienta con relación a este tema, es una responsabilidad como adultos estar listos y disponibles cuando un niño quiera o necesite hablar de ello. La forma cómo los niños afrontan una pérdida los va transformando en los adultos que van a ser en un futuro, y si un niño nos busca para navegar esta dura realidad, es nuestro deber, como sus guías, tomarles la mano y llevarlos de la mejor manera que podamos.

Con Clara fue más fácil de lo que imagine, quizás porque estuvo conmigo asistiendo a Baileys en sus últimas horas de vida. Asumo que entendió que la perrita se enfermó y que no volvería a casa. Al día siguiente que le pregunté qué había pasado con Baileys, me contestó: “mi perrita se murió, se fue a la casa de los perritos.” Por ahora no ha vuelto a tocar el tema, aunque Baileys es siempre nombrada y recordada por toda la familia. Sin embargo, tanto mi esposo como yo estamos listos para conversar de ello, si ella así lo necesita.

Para terminar, quiero compartirles la reflexión de Alejandro Nespreal en su Ted Talk en Español: “no debemos dejar afuera de la conversación con los niños el tema de la muerte, porque es dejar afuera un pedazo de vida, es dejar afuera un tema de vital importancia”. Tarde o temprano, a todos nos toca afrontarla, y es mejor si contamos con personas dispuestas a guiarnos, para sobrellevar mejor el dolor y poder comenzar a sanar.

La autora es pediatra

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