El otro día, me reclamaron que en los artículos vivo quejándome de todo y que no destaco nada de lo bueno que ocurre. Así que hoy, antes de quejarme, mencionaré algo positivo. Los números de vacunación contra la Covid-19 en Panamá son alentadores. Hasta el 5 de septiembre, el 66.6% de la población había recibido por lo menos una dosis de vacuna, y el 49.3% ya había recibido ambas. O sea, que la mitad de los panameños (tomando como base del cálculo la población total y no solo la población susceptible de vacunarse hasta ahora) ya cumplió con el método más efectivo con que se cuenta para tratar de controlar la pandemia. Y las filas de gente para vacunarse siguen allí. Si a eso le sumamos la cantidad de personas que han tenido exposición al virus y que los panameños han sido realmente disciplinados en cuanto al uso de mascarillas en lugares cerrados, parece que vamos por buen camino. Esperemos seguir así. La otra gran noticia en este sentido es que estas cifras confirman que los antivacunas en Panamá (bien sean los conspiranóicos o los abanderados de la libertad mal entendida) no son más que un grupito de desajustados a quienes nadie parece tomar muy en serio. Por suerte…
Pero, no todo es bueno ni mucho menos. Cambiando radicalmente el tema, esta última semana volvimos a ser testigos de cómo nuestro sistema democrático parece estar empeñado en autodestruirse. En medicina, se conoce como apoptosis al proceso mediante el cual una célula sufre cambios en sí misma, hasta que eventualmente muere. La definición habitual es “muerte celular programada” o “suicidio celular”. Sin embargo, tal vez sea más fácil comprender el concepto si pensamos en lo que ocurre en las células que han sido afectadas por radiación o por ciertas sustancias, que producen cambios en su núcleo (particularmente en el DNA), propiciando cambios y destrucción en los organelos intracelulares (particularmente las mitocondrias), con la eventual muerte de la célula.
Desde el punto de vista de conceptos democráticos, el Órgano Legislativo es el principal elemento de una democracia, pues es la representación directa de la población, de forma supuestamente proporcional a la composición de la sociedad. De este modo, los diputados (legisladores, congresistas o senadores, según el nombre que reciban en cada país), deben ser los más interesados en que la democracia (a la cual ellos se deben) se mantenga y se fortalezca.
Pues en Panamá, estamos viendo como esa misma célula básica de la democracia se ha propuesto obsesivamente acabar con ella. Los diputados (cómo se antoja un juego de palabras...), en cada uno de sus actos, profundizan más y más nuestra crisis institucional. Haciendo uso de una ilusoria separación de poderes, que solo sirve como excusa para mirar hacia otro lado y nunca confrontar la triste realidad que vivimos, nuestros padres y madres de la patria (por aquello de la paridad) nos hunden cada día más y más en la cloaca pestilente en que han convertido nuestra democracia. Entre el populismo (que ven como el combustible para tratar de seguir parasitando de forma vitalicia), la irresponsabilidad con que manejan los fondos públicos, la total ausencia de conceptos ideológicos en los partidos y el evidente desconocimiento de lo que debe ser su función haciendo leyes, simplemente estamos secuestrados por un sistema del cual no parece que haya forma de salir por las buenas.
En los últimos siete días, el cártel de la cinco de mayo aprobó en plena pandemia un crédito extraordinario de 400 millones, de los cuales 36 millones adivinen a quién se los asignaron… Pues a ellos mismos. Eso, mientras al Instituto Gorgas, punta de lanza en la lucha contra la pandemia, se le recorta aún más su ya escuálido presupuesto.
Pero donde todo parece acercarse al último precipicio es con las reformas electorales. Esta banda de irresponsables toma un proceso que se ideó para perfeccionar nuestra democracia elección tras elección, y lo convierte en una piñata destinada a favorecer todo lo que por años se ha cuestionado. Alargan campañas, quitan controles de quienes pueden ser donantes (es que el crimen organizado tiene mucha plata y le encanta invertirlo en política, para así tenerlos agarrados por el periné), modifican las reglas del juego electoral y hasta pretenden prohibir que se hable de ellos o se les cuestionen sus cochinadas. Si no, recordemos como bloquearon aquella campaña de “pela el ojo”.
Pero ahora, en un sorprendente destello de dignidad o de vergüenza, el Tribunal Electoral (que bastante ha servido de facilitador de esa destrucción de la democracia, con la excusa de que ellos solo cumplen lo que dice la ley) se ha retirado de la discusión de las reformas, por no estar de acuerdo con lo que proponen. Al fin…
Lo malo es que la apoptosis suele ser un proceso que ocurre por mucho tiempo de modo silencioso, sin mayores evidencias, hasta que es demasiado tarde.
Una esperanza es que a raíz de estos exabruptos, en esta semana he percibido que la indignación ha llegado a gente que no suele expresarse abiertamente sobre estos temas. Parece que la olla de presión sigue hirviendo y esta gente está cercana a abrir la tapa, a ver cómo va la receta. Que luego, no se quejen…
El autor es cardiólogo

