El hambre, realidad contemporánea

Nuestros negociadores tienen en sus manos la salud y el bienestar de miles de niños de nuestro campo y la ciudad, niños que representan el futuro de nuestra patria

Hambre, se puede definir como una serie de manifestaciones físicas que surgen en el hombre secundarias a la carencia de alimentos. Estas varían de acuerdo con el periodo de tiempo a que se es expuesto a la falta de nutrientes. En unas cuantas horas protestan las tripas, moviéndose como sin control, con una extraña sensación, pero si han pasado meses de deficiente nutrición, encontramos cambios de conducta que pueden llevar a actos que se escapan de las normas sociales, como el robo y el asesinato, sin que necesariamente estemos conscientes de las consecuencias. Si son años los que pasan, entonces lo que vemos es un aumento de enfermedades comunes, desnutrición extrema, anemia, bajo rendimiento intelectual, ceguera y muerte, especialmente en la población infantil que es la que suele pagar el plato roto.

El hambre no es noticia exclusiva de los últimos siglos, época en que la población mundial ha alcanzado cifras billonarias. En muchos libros históricos se la menciona, entre ellos la Biblia, que comenta en 2 Reyes 6.25 cómo, durante el sitio de Samaria por el ejercito Sirio, la cabeza de un asno se vendía por 80 piezas de plata, y la cuarta parte de un cab de estiércol de palomas, por cinco piezas de plata. Es sorprendente enterarse de que se puede llegar a comer animales de trabajo y excremento de aves cuando la comida falta, pero lo aterrador del relato del libro histórico es que se menciona cómo un par de mujeres llegó a sacrificar y comerse a uno de sus hijos en común acuerdo, acto solo observado en algunas especies de la fauna mundial. Esto nos confirma que el hombre con hambre es capaz de hacer cualquier cosa y convertirse en un animal. También nos confirma que la sobrepoblación mundial no es la única causa del hambre, pues se suman entre las muchas, las guerras, la ignorancia, la corrupción y la falta de solidaridad humana.

El sábado 16 de octubre se conmemoró el Día Mundial de la Alimentación (ver La Prensa), un año más en que se hizo la publicación de las espantosas cifras captadas por el Programa Mundial de Alimentos de la ONU. Se menciona que 840 millones de personas sufren de hambre crónica en la actualidad. Cada cinco segundos muere una persona por causas relacionadas con el hambre, lo que suma un total anual de 10 millones de personas. Más del 90% ocurre en países en vías de desarrollo como el nuestro, en Latinoamérica, el continente africano y Asia, y solo alrededor del 5% en los países industrializados. Lo más preocupante es que la ayuda de los países ricos ha disminuido en el último año en un 30%.

Estamos a la puerta de concretar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, primera potencia mundial tanto en su poderío económico como bélico. Como conquistadores del planeta, tratarán de imponer sus puntos en la negociación, ventajas que beneficien a sus productores industriales y de alimentos. Allí, el juega vivo panameño no puede tener cabida. Nuestros negociadores tienen en sus manos la salud y el bienestar de miles de niños de nuestro campo y la ciudad, niños que representan el futuro de nuestra querida Patria Nueva. Dentro de las estrategias de negociación debe llevarse algo más que diplomas universitarios, estadísticas económicas o frías cifras del intercambio comercial; debe haber un equipo que tenga integridad y dignidad.

Recordando la triste realidad de nuestra población, no podemos sacrificar a los que menos tienen, los que hacen producir la tierra y los que bajo del sol riegan sus plantíos con el sudor que corre por su frente. La ayuda humanitaria de los países ricos no ha podido cambiar la triste realidad de los países del tercer mundo. Es necesario negociar verticalmente sin someterse, creer en nosotros mismos y recordar la enorme responsabilidad que tienen en sus manos. En cuanto a nuestras nuevas autoridades, su compromiso ha sido eliminar la corrupción que hace que los recursos sean mal distribuidos y vayan a parar a las cuentas cifradas de unos pocos, mientras el desempleo y los bajos salarios aumentan la cifra de los que pasan a las filas del hambre. La población panameña debe cambiar de actitud, dar lo mejor de nosotros y orar por los que nos gobiernan.

En realidad no hay nada nuevo en la tierra, ya todo ha sido escrito.


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