En las últimas cuatro décadas ha habido un cambio significativo en la estructura productiva y en el equilibrio del poder internacional, caracterizado por un incremento sustancial en el volumen de bienes y servicios, basados en una alta y mediana tecnología generada mediante la investigación y la inversión en ciencia, tecnología e innovación.
Estamos en la llamada era del conocimiento y la diferencia entre riqueza y pobreza se centra en ese acontecimiento, escenario en el que se sustenta que si los países en vías de desarrollo quieren construir un futuro en el que tengan desarrollo humano sostenible deben propiciar las condiciones que les permitan transitar hacia el nuevo modelo productivo, basado en el avance tecnológico y la innovación, aplicando la biotecnología, la nanotecnología y las tecnologías de la información y la comunicación.
Es importante tener presente que no puede existir una economía del conocimiento sin que haya condiciones favorables para que todos los miembros de la sociedad tengan acceso a la información y cuenten con las capacidades necesarias para utilizarla, por lo tanto, hay que fortalecer la capacidad de aprendizaje individual y social para generar riqueza.
En este contexto, las universidades como centros de generación de conocimiento tienen un papel fundamental para impulsar el progreso del país, por lo que debemos fijarnos metas elevadas para acelerar el desarrollo de las capacidades nacionales y lograr estrategias innovadoras.
Los desafíos que enfrentan las instituciones de educación superior se ven agravados por la velocidad y magnitud de los cambios de las nuevas tecnologías. De allí que, entre otras razones, surge la necesidad de iniciar procesos de transformación profunda en las universidades, con perspectivas de mejoramiento de la oferta educativa y, como referencia para mejorar, la calidad de vida de la gente. Las universidades tienen que desarrollar la capacidad para generar conocimiento en todos los ámbitos del saber, pero especialmente sobre nuestra realidad y entorno, a fin de utilizarlo en el proceso de concebir, forjar y construir el futuro.
Estos propósitos no podrán lograrse si no establecemos mecanismos de planificación que nos conduzcan a alcanzar lo deseado. La prospectiva es la respuesta más eficaz para sustentar cualquier proceso de planificación. La prospectiva, vista como la construcción social del futuro, nos permite planificar para transitar hacia una sociedad y economía del conocimiento, que trascienda los hechos económicos, incidiendo en las estructuras sociales, culturales, políticas e ideológicas. La construcción permanente de futuros a través de la prospectiva nos orienta y señala el rumbo colectivo y nos permite interpretar correctamente las tareas que corresponderá atender en el plano local, regional, nacional e internacional.
La Universidad de Panamá tiene el reto y la responsabilidad no solo de aplicar la prospectiva, sino de crear capacidades de prospectiva, si aspira a formar una sociedad del conocimiento. La planificación prospectiva es una herramienta de uso impostergable, si queremos una universidad moderna y con posibilidades de contribuir al tránsito del país hacia una sociedad y economía del conocimiento.
