La escuela Miguel Alba ubicada en el distrito de Soná (provincia de Veraguas) fue fundada en el año de 1946. Realicé parte de mis estudios de nivel primario en dicho plantel y puedo todavía recordar su colosal estructura. Todavía me parece escuchar a los niños correteando por sus amplios pasillos en los periodos de recreo. El gimnasio de dicha escuela fue el referente para innumerables eventos culturales y deportivos (campeonatos de baloncesto, lucha libre, boxeo, presentaciones artísticas etc.
La escuela Miguel Alba era sin lugar a dudas parte del orgullo de la población de Soná que vio desfilar a un sinnúmero de egresados hoy día profesionales que laboran en diversos puntos de la geografía nacional.
Para los inicios de la administración gubernamental de Juan Carlos Varela hubo una petición por parte de muchos sectores de la comunidad sonaeña de que la estructura de la Miguel Alba fuera atendida debido al desgaste producto de la cantidad de años de funcionamiento desde su inauguración. La Ministra de Educación en ese entonces se reunió con directivos y padres de familia de la escuela mencionada y la misma le propuso dos alternativas: la remodelación de las estructuras (resanar las que se encontraban desgastadas por el tiempo) o la demolición de la misma y la edificación de un nuevo colegio. En este punto, la mayoría de los presentes dio su veredicto a favor de la segunda alternativa sin pensar el desastre que el futuro les tendría deparado por esta decisión.
El Ministerio de Educación contrató una empresa que inició la demolición de la Miguel Alba y es en este punto que se produce uno de los actos de “ilusionismo” que dejaría perplejos a magos reconocidos como Copperfield o Criss Angel. La escuela desapareció y en su lugar quedó un solar sin ningún tipo de evidencia de que allí existió un enorme colegio. También la compañía encargada de dicho proyecto se dio a la quiebra y sus representantes también desaparecieron hasta el sol de hoy.
Tengo entendido, por información de algunos maestros que laboran en Soná, que se trata de la misma compañía que se encargó de la construcción de la escuela de Los Pozos de Herrera, la cual sufrió igual suerte. Pero como la desidia y el “poco me importa” parecen ser la insignia de muchas autoridades, principalmente de MEDUCA, jamás se realizó una investigación exhaustiva que llevara al banquillo de la justicia a los involucrados en este lamentable suceso. Sencillamente se limitaron a decir que contratarían a otra empresa que tampoco pudo terminar el proyecto y al final fue la aseguradora quien cargó con la responsabilidad pero a su propio ritmo. En la parte de exterior de lo que fue la escuela Miguel Alba está ubicado un letrero que indica que dicha obra debió entregarse en el 2018.
Me hierve la sangre cuando veo que en Panamá ocurren este tipo de delitos y no pasa absolutamente nada. Todavía más cuando la respuesta de las autoridades está cargada con un alto grado de cinismo e irresponsabilidad. En países como Japón, España, China, Cuba, Filipinas por mencionar algunos, iniciar una obra y no terminarla es considerada un delito grave que se castiga con pena de cárcel, puesto que se trata de un atentado contra un bien de beneficio público.
Destruir una escuela o dejarla abandonada so pretexto de que “algún día se va a realizar” a mi manera de ver es atentar contra la calidad de vida de una población, en este caso la población escolar como se hizo con la escuela Miguel Alba, cuyos estudiantes ya llevan casi seis años de estar repartidos en diferentes locales y pagando un alquiler que no debería ser.
Con la escuela república de Venezuela también ocurrió otro hecho ya por todos conocidos. Esta escuela que fuera un bastión de lucha de muchas generaciones de docentes hoy día es refugio de mosquitos, ratas e indigentes. Un testigo mudo ante la mirada de muchos de lo que puede hacer el poder de la negligencia cuando se lo propone. También sus estudiantes fueron reubicados y están alojados en edificios e instalaciones que no pertenecen al Estado y pagando altos costos.
Lo que también me llena de asombro es que los “aguerridos” dirigentes magisteriales hasta la fecha no hayan emprendido una acción contundente para que la obra empiece de una vez por todas. Sencillamente están conformes al parecer con las respuestas que le dan las autoridades del MEDUCA.
Recuerdo que para la década del noventa en las que fui docente en el Colegio Javier, participé de muchas labores sociales que eran obligatorias para los graduandos. Durante un mes en el tiempo de verano se inauguraban nueve campamentos que construían nueve proyectos para diferentes comunidades. Recuerdo que para el verano de 1997 construimos nueve casas comunales con la ayuda de casi cien alumnos y la comunidad en tan solo tres semanas. La cuarta semana solo era dedicada para pintura e inauguración. Si juntáramos estos proyectos tendríamos una escuela tan grande como las antes mencionadas. ¿Cómo lo hicieron estos muchachos de un colegio Católico? Sencillamente con una combinación de voluntad, compromiso y algo de mística, cualidades que en la esfera de lo público parece que hacen falta y bastante.
El autor es sociólogo y docente panameño
