Euskadi ta Askatasuna (ETA) pide perdón por el dolor que haya podido causar con sus acciones terroristas. Como es de esperar de todo extremismo demoniaco, la supuesta expiación es selectiva; solo se dirige a quienes, víctimas, “no hayan estado involucradas directamente en el conflicto”, que por extensión lo sería todo el pueblo vasco, España toda y qué decir de la humanidad.
Tras 43 años de lucha contra el Estado y asesinar a cerca de mil personas, ETA declaró un cese al fuego en 2011 mientras la mayoría de su dirigencia era desarticulada y llevada ante la justicia. Hoy se dice dispuesta a negociar, bajo sus concepciones particulares.
Igual que las FARC, que en la actualidad adelantan un proceso negociador con el Gobierno colombiano, del que buscan emerger en fuerza política con capacidad de presentarse como opción electoral factible.
Encarnación sin par del cinismo, algún líder de la guerrilla colombiana ya se adelantó a declarar que no veía razón para pedir perdón, puesto que una guerra es ante todo eso, una confrontación sangrienta, sin matices. Estos también han declarado su tregua navideña.
Pero a uno y otro lado del Atlántico, o donde sea, nadie tiene por qué confiar en los que hicieron de la muerte una razón de vida. Son lo que son: terroristas.