Al declarar que no tolerará ninguna “conspiración” contra su gobierno, Nicolás Maduro ha dispuesto el rompimiento de relaciones diplomáticas y comerciales de Venezuela con Panamá, en represalia por la iniciativa panameña de promover en el seno de la OEA una consideración de lo que sucede en el país suramericano.
Hace honor a su talante demencial el aludido al rechazar cualquier intento de aproximarse desde el exterior para analizar los exabruptos que consuma el régimen totalitario que encabeza.
Pero las naciones no son haciendas en las que sus dueños disponen a voluntad de sus hatos ganaderos; son conglomerados humanos cuyos derechos, consagrados universalmente, deben ser tutelados por la comunidad internacional. Algo similar se ve en estos momentos cuando Occidente observa con alarma la injerencia soberbia de Rusia en Ucrania.
No debe cederse ante las amenazas prepotentes del desangelado heredero de Hugo Chávez y caer en la irresponsabilidad de mirar hacia otro lado para no incomodarlo.
Por el contrario, a él y a quienes lo acompañan en su empresa represiva debe recordárseles, de manera enérgica, que en esta hora los venezolanos no están solos.