La palabra idiota tiene al menos los siguientes sentidos: Político, educativo–cultural y médico–psiquiátrico o clínico. El primer sentido lo encontramos en la antigua Grecia, donde el término denotaba al ciudadano privado y egoísta que no se preocupaba de los asuntos públicos. Es decir, el individuo que teniendo capacidad de ejercicio deliberativo con respecto a los problemas de la polis (de la ciudad o del Estado), se sustraía de esa condición para enfocarse en su interés propio, única y exclusivamente. Pero como la lengua, al decir de Saussure, es diacrónica, con el transcurrir del tiempo, hacia el siglo XIV, la expresión (significante, en terminología saussureana) denota también a la persona sin educación o ignorante. Y finalmente, a un enfermo mental.
El comportamiento político de los panameños es propenso a la idiotez en los dos primeros sentidos. No quiero pensar que lo es en el tercero, porque ello implicaría que como país no tenemos futuro, y no quiero llegar al extremo del pesimismo.
Aunque se podría pensar que los empresarios y los politicastros que nos “representan” son los prototipos del idiota en los dos sentidos que hemos mencionado, en realidad se trata de una condición más común de lo que podríamos pensar y estaríamos dispuestos a aceptar: se trata de una condición general en la que, según parece, están sumidos los “ciudadanos”, quienes al elegir a las autoridades lo hacen sin tener mayores referencias de a quiénes están eligiendo, los méritos de cada uno, su formación académica, su trayectoria moral y ciudadana, etc. Incluso, conociéndolas prefieren mirar hacia otro lado porque “su” candidato es quien solucionará “sus” problemas, entiéndase, quien proveerá el salve para el tanque de gas, las láminas de zinc, las bolsas con cemento, o el trabajillo en la Asamblea, en el ministerio, en la alcaldía o en la junta comunal… Ciertamente, el acto de elegir a las autoridades suele ser un acto de idiotez al cuadrado, por la ignorancia de a quiénes se elige y porque tales actos están determinados por el interés personal del elector.
Y, por supuesto, dado que la política en general ha devenido en una forma de relación entre idiotas (el gobernante pensando en sus intereses y el gobernado en los suyos), eso que la tradición nos ha legado, el bien común, la comunidad, sale abatida y sin posibilidad de recuperación. La Constitución, sin embargo, nos insta a superar la idiotez. En el artículo 50 señala: “… el interés privado deberá ceder al interés público o social”. Por supuesto, esto no es algo que hay que tomarse en serio, sino como un chiste, pues nuestra propensión a la idiotez en sentido político ha aniquilado tal cosa como el interés público. Por ello, los políticos incrementan su patrimonio, aprovechando la posición de poder que ostentan, aprueban leyes que les favorecen, pelechan de los recursos del Estado, favorecen a amigos y allegados, ofrecen al mejor postor los recursos naturales del país sin medir consecuencias de ningún tipo, pero al final, ¡qué importa!, mientras no me afecte o me beneficie de alguna manera.
Según Voltaire, “la idiotez es una enfermedad extraordinaria, no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás”. Pero en nuestro caso pareciera que los demás no existen. ¿Será que, después de todo, somos también clínicamente idiotas?