Albert Camus, Premio Novel de Literatura en 1957, en su novela La Peste, encuadrada en la gran epidemia de Argelia, escribió, al referirse a la gravedad de la situación “a partir del momento en que la peste había cerrado las puertas de la ciudad (Orán) (los ciudadanos) no habían vivido más que en la separación, habían sido amputados de ese calor humano, que hace olvidarlo todo”. El autor allí deja al descubierto, que la separación viene mal al ser humano. La separación de los otros; de los seres queridos; de los que le aman y a los que él ama. El calor humano siempre le viene bien al alma y más, en momentos en que un evento impone separación física forzada de los demás.
Parafraseando a este gran novelista, Camus, la Covid-19 ha viajado por el mundo cerrando las puertas y amputando el calor humano de las visitas de hermanos, amigos y vecinos, aunque quizá no haya podido amputar la comunicación y la posibilidad del saludo, gracias a la tecnología virtual. Pero el calor humano, ese que brota de la calidez de un abrazo, del beso y del choque de manos ese sí, la Covid-19 lo ha amputado, al menos lo ha reducido a su mínima expresión. El calor humano ese que sabemos, que aunque estemos separados nos unen lasos de solidaridad, aprecio y amor incondicional. Ese calor nos salva y nos transciende.
Los seres humanos, en separación física, se sienten desbordados frente a la ruptura de las redes de apoyo y soporte emocional, ante lo que valoran como una situación cargada de amenazas y de evidente sufrimiento. Sienten que se cierran las puertas de la vida y se abren las de la desesperanza y la indefensión. El aislamiento en cuarentena es una mala noticia para cualquier ciudadano del mundo. El gregarismo que nos hizo avanzar como civilización ha sido tomado de rehén por un intruso invisible, que vino a ponernos en guardia y en resistencia y nos reta a una lucha de vida o de muerte. Mas este mismo gregarismo juega en contra de la guerra que es necesario hacerle. No es fácil ganarle; todos los días aumenta su estela de víctimas, porque aunque no lo queramos tiene aliados miserables, e inoportunos.
Se comprende que el aislamiento social y las restricciones de movilidad y de interacción social son factores adversos a la tranquilidad y a la felicidad humana. Las consecuencias del anuncio de un enfermo por Covid-19 en casa, son tan difíciles de manejar ya que son fuentes de estrés para los demás miembros, en los que se levanta la tensión por la inminente realidad de contagio.
El resto de la familia entra en incertidumbre y ansiedad, debido a que el enfermo se enfrenta a dos alternativas. La primera, el asistirlo y atenderlo en las necesidades básicas y proveerle medicamentos paliativos y la otra, tomar todas las medidas de prevención para evitar el contagio. Es una situación de gran tensión. De parte del enfermo positivo Covid-19 el estrés se genera por tener que enfrentarse a los pensamientos de muerte que le asaltan y por estar consciente que no puede exponer al resto de la familia. Es una disyuntiva desconcertante.
Ante esta situación la angustia, la ansiedad, la depresión, el insomnio, la falta de apetito, los cambios en las deposiciones, el aseo y el sufrimiento pintan un escenario inusitadamente tenso y dramático, al cual toda la familia tiene que adaptarse, a más de que la posibilidad de contraer el virus es muy alta. Frente a este cuadro de eventos, qué es recomendable hacer. Lo menos, a mi juicio es dejar que el familiar positivo de Covid-19, recluido en casa por mandato de OMS pase su angustiosa realidad, donde no solo no recibe medicamentos sino que vive en vilo en el filo de la muerte. Es doloroso pero es así. Aquí no hay otro camino. La persona covidpositiva tiene que ser o hubo de ser aislada fuera de su casa. Así lo han hecho en otros países que ya han logrado desacelerar el contagio. Como se ha llevado aquí, en Panamá, fue una salida de una sola vía. Fue la ruta de una muerte anunciada.
No había que pensar mucho. Sin medicamentos, sin vacuna y sin poder tomar las recetas de la abuela, las que han sido desacreditadas, como una manera de hacer más ricos a los millonarios estafadores que importan productos, implementos y camas para hospitales. Los médicos que han tirado a un lado el protocolo de la OMS y han salvado vidas los han descalificado, condenado y amenazado con retirarle su licencia, en lugar de interesarse por su abordaje y evaluar a los pacientes recuperados. Esta actitud es poco científica, por arte de quienes asumen serlo.
Suena a conspiración. Que alguien me saque de mi crasa ignorancia ¡ Mi pregunta es: ¿Quién me explica la efectividad que tiene la intubación y el atiborramiento de los pacientes con una sarta de medicamentos de impacto clínico por probar, con firme evidencia científica, cuando el virus pasó al interior de la membrana de los alvéolos, produciendo una gran dificultad para el intercambio de gases? ¿Acaso las farmacéuticas no habrían de concentrarse en atacarlo cuando aún se encuentra en los niveles superiores del tracto respiratorio? ¿Será que producir medicamentos para detener la inflamación, en las fosas nasales y en la garganta, no es tan rentable para los mercaderes de las farmacéuticas, como sí lo es para sus respiradores artificiales, tubos, jeringuillas y las toneladas de tanques de oxígeno que le aplican a los moribundos, que bien saben que no retornarán?
En este panorama, en el cual por ahora no hay receta alguna, solo cabe ofrecer ayuda emocional al familiar covidpositivo, recluido en la antesala de la fatal UCI. Que ellos sepan que su familia; hermanos, padres, abuelos, hijos, tíos, cuñados y los que convivan con él o ella están allí para acompañarlo, proveerle lo necesario y orar para que el poder de Dios los salve y tenga misericordia en el día de su óbito. Este estar ahí, es un medicamento psicológico de gran importancia. El aislamiento y el miedo a la muerte se combaten con asegurarle atención compasiva y amor. Este soporte es un inyector de motivos y deseos de lucha para el enfermo. El abandono y la soledad, son aliados del coronavirus. Lo que no debe ocurrir es que esta difícil enfermedad se constituya en una fuente de estrés y angustia adicional debido al aislamiento psicológico del paciente.
Es probable que los intubados, además del ahogo y asfixia se agraven debido a la experiencia de su soledad experimentada en las UCIs, esa sensación de desvalimiento y ruptura psicológica forzada con sus familiares, que seguramente no habrían tenido tiempo para despedirse, es de gran impacto en las reservas de la voluntad.
El autor es psicólogo industrial y docente universitario