[CENTENARIO]

La imperfección del corsé

La neuróloga italiana y Premio Nobel de Medicina en 1986, Rita Levi-Montalcini, ha sido una veterana en librar y vencer batallas: la del sexo y, también, la de la persecución religiosa.

Cuando nació en Turín hace cien años, Rita Levi-Montalcini no habría podido sospechar que un día ella también aparecería en el mar de videos de You Tube. El pasado mes de abril la célebre Premio Nobel de Medicina y senadora vitalicia fue homenajeada en su país con motivo de su centenario y una vida entregada a la investigación y el conocimiento.

En 1999 supe de su existencia tras la publicación de sus memorias, Elogio de la imperfección (Ediciones B). En aquel entonces Levi-Montalcini ya tenía 86 años, a punto de cruzar el umbral entre un siglo y otro. Leí con gran interés su libro, precisamente porque la prosa sin adornos y digresiones era el espejo de una mente puramente racional, como si en el vientre materno hubiese sido exclusivamente diseñada para el estudio y la ciencia, ajena a lo mundano.

Rita Levi-Montalcini nació en el seno de una familiaacomodada cuyo patriarca, Adamo Levi, era un judío secular que vivía al margen de los preceptos religiosos y se consideraba un hombre progresista y librepensador. Sin embargo, mientras deseaba para su hijo varón una prominente carrera, de sus tres hijas sólo esperaba que formasen un hogar. Pero muy pronto el señor Levi se tropezó con la inquisitiva Rita, quien desde pequeña se resistió a ser encorsetada en los rígidos valores victorianos de una ciudad de provincias. La muchacha aspiraba a una profesión que en aquella época le estaba vetada a la mujer: la especialización en biología y neurología.

Rita ya tenía 20 años cuando sintió que su horizonte se estrechaba si aceptaba los planes que su padre había previsto para ella. Sin vacilar, un día anunció que no tenía la menor intención de casarse porque, además, carecía del más mínimo instinto maternal. La única salida posible para una joven como ella, le dijo con astucia al señor Levi, eran los estudios. Poco después se matriculó en la facultad de medicina de Turín, donde de inmediato se fijó en ella su mentor y maestro, Giuseppe Levi.

Rita Levi-Montalcini ha sido una veterana en librar y vencer batallas: la del sexo y, también, la de la persecución religiosa. En la Italia de 1936 Mussolini publica el Manifesto per la Difusa della Razza y entran en vigor leyes que discriminan a la comunidad judía. El polvorín del antisemitismo se diseminó desde Alemania y la familia Levi se vio obligada a vivir en la semi-clandestinidad. Pero es en la adversidad, según relata Levi-Montalcini, donde puso a prueba su inventiva para sacar adelante sus investigaciones. Con la ayuda de su profesor, también en desgracia, montó un laboratorio en su dormitorio con instrumentos rudimentarios, y Rita comenzó a experimentar con embriones de pollos, en busca de respuestas que explicaran cómo crecen las células y los órganos.

En mayo de 1945 acabó la guerra, pero ya nada sería lo mismo. Rita recibió una invitación de la Universidad Washington, en San Luis, y se instaló en EU, donde viviría la mayor parte del tiempo hasta su retiro en 1977. Fue en el estimulante ámbito académico de un campus americano donde pudo hacer sus más importantes avances en compañía de hombres y mujeres para quienes, como ella, la investigación es un sacerdocio que exige una entrega absoluta.

Ya instalada en Italia como una célebre neurobióloga, en 1986 Levi- Montalcini recibió el Premio Nobel de Medicina por una labor de años que la llevó a descubrir los mecanismos que regulan el crecimiento de las células y los órganos. Un experimento cuyos orígenes se remontaban a la búsqueda de huevos en las granjas mientras sorteaba la vigilancia de los fascistas a la caza de judíos.

Esta primavera Rita Levi-Montalcini cumplió cien años y cuando leí la noticia recordé las memorias de esta irrepetible y singular mujer. Sólo la conocía por la foto de la portada: un bello rostro con rasgos elegantes y finos. Hermosa en la vejez. La busqué en Google y, cómo no, la hallé en la inmediatez de los videos colgados en la red. Era ella en una entrevista televisada comentando sobre la controversia en torno a reciente eutanasia de Eluana Englaro. La laureada doctora defendía el derecho a interrumpir la vida cuando ésta ya está vacía de contenido. Poco después le dijo a su entrevistador que no le teme ni le preocupa la muerte, tal vez porque está demasiado ocupada en asistir cada mañana al centro de investigación que dirige. Tanta perfección se habría ahogado en las apretaduras del corsé.


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