Día a día los públicos están en el primer plano de los acontecimientos. Generan los sucesos que enrumban la historia. Son como el calendario, que mide la vida. Van aparejados con el tiempo, en un perenne acontecer.
Se sabe que no hay un solo público sino parcelas de públicos diferenciados; los públicos son actores capaces de desempeñar los roles más extravagantes, por lo difícil de entender que son sus acciones. Están dentro de la sociedad, pero no son la sociedad.
Los públicos se activan motivados por necesidades o por estímulos que emanan de los partidos políticos, las clases sociales, las castas, las sectas, las religiones, y son más fieles a los intereses de su agrupación que a los de la sociedad como un todo.
Son dueños de una fuerza que ellos mismos ignoran poseer. En esa fuerza radica el poder del mayor bien y del mayor mal que pueden hacer. Los individuos inmersos en una aglomeración psicológica actúan como una masa compacta. Se desvanece en ellos la personalidad consciente y quedan sujetos a la condición que Gustavo Le Bon llama “la unidad mental de las muchedumbres”.
Los públicos pueden producir alteraciones profundas en el orden social; pueden ser heroicos o asesinos, según visualiza Le Bon. En las votaciones electorales a los públicos les da igual elegir a un vampiro que a una garza, a un servidor que a un parásito, y son propensos a caer en alguna de las distintas formas del soborno.
Son individualistas. Carecen del sentido de la unidad nacional y de la solidaridad, con raras excepciones, y suelen luchar solo contra los males que los afectan directamente.
Muy pocos conocen la Constitución, y poco saben del concepto de Nación. Detestan los libros y los periódicos. A la democracia la ven como algo que reparte bienes sin dar nada en cambio. En las artes los públicos “saben” más que el artista, ellos son los que juzgan, los que aprueban.
El gentío, las marchas, los auditorios, no son los públicos de los medios en acción. Tampoco son los públicos de la comunicación social las personas que se aíslan de las redes de información, periódicos y medios audiovisuales. Los rumores son sus fuentes predominantes. En el sentido estricto, los públicos de la comunicación social se caracterizan por ser una masa extensa, dispersa, heterogénea y anónima (desconocida para el emisor del mensaje) (Joffre Dumazedier, Centro de Estudios Superiores de Periodismo para América Latina, Quito, Ecuador).
Sobre la pasividad de las masas, Gaston Bachelard, profesor de filosofía de la ciencia, de la Sorbona, París, expone una gama de características de los públicos: “No tienen conciencia de sí mismos, no pueden hacer valer sus exigencias, sufren presiones de los medios sin saberlo, son audiencias sin poder económico ni político. La mayoría son masas ignorantes y marginales de las áreas subdesarrolladas urbanas y rurales que no llegan a comprender la magnitud de los fenómenos sociales que las afectan, y son susceptibles de ser manipuladas por los políticos”, concluye el investigador.
Esos son los mismos públicos que hacen posibles los comicios, las manifestaciones, la fama, la popularidad, y que como agravantes adolecen de adicciones como el alcoholismo y los juegos de azar en los que gastan un promedio de seis millones de balboas diarios, según una información pública reciente.
La marginación en que vive la gente en vastas regiones la predispone al desinterés en el destino nacional y a no sentirse parte de la sociedad. Va a tomar décadas la formación de una cultura nacional, por la educación y la información, impartidas por personas idóneas y sin injerencias manipuladoras del mercantilismo y del estado político.
