Desde el punto de vista estrictamente histórico, lo que conocemos como la primera independencia de Panamá, alcanzada el 28 de noviembre de 1821, no constituyó realmente tal cosa, en realidad Panamá pasó de la dependencia española a la dependencia colombiana, tal como consta en el Acta del Cabildo Abierto de 1821. En consecuencia, las verdaderas motivaciones del paso de una dependencia a otra quizás hay que buscarlas en la evolución económica y social del ser istmeño.
Desde la perspectiva económica, el primer eslabón de la emancipación se encuentra en el carácter “transitista” de la economía del Istmo. A este respecto nos dice el historiador Alfredo Castillero Calvo lo siguiente: “Desde que Balboa divisó las aguas del mar del Sur y reveló por primera vez al mundo occidental la existencia de un nuevo continente, el Istmo fue casi sin interrupción, hasta la primera mitad del siglo XVIII, el lugar de tránsito forzado entre España y sus colonias de Ultramar”. Y hoy continúa siendo Panamá lugar de tránsito de norte a sur y de este a oeste.
De modo que la independencia de Panamá de España, contrario a lo ocurrido en el resto de Hispanoamérica, no fue obra de la estrecha colaboración de la clase terrateniente y la burguesía comercial. No contó, en modo alguno, con la participación protagónica de las clases populares del arrabal de extramuros. Tampoco fue el resultado de épicas y cruentas batallas.
Al respecto, decía Gaspar Mollien en su libro Viajes por la República de Colombia en 1823, citado por el historiador Alfredo A. Castillero Calvo: “se pusieron al habla con los oficiales españoles. Persuadiéndolos de que toda la población estaba de acuerdo para acabar con ellos, les hicieron ver la confianza que tenían en sus propias fuerzas comparándolas con el escaso número de hombres que ellos tenían bajo sus órdenes; no les costó mucho trabajo inducirlos a traicionar su bandera pagándole a toca de teja los dos meses de sueldo que les debía el Gobierno Español”.
Esta tesis histórica del desenlace de la primera independencia, repetida en la segunda –separación e independencia real de Panamá de Colombia en 1903– es corroborada por el padre de la nacionalidad panameña, el doctor Justo Arosemena, en su obra El Estado Federal de Panamá. “Ni se crea –dice el ilustre patricio– que faltaban tropas que combatir en el territorio del Istmo. Uno o dos batallones españoles guarnecían a Panamá, y en los fuertes de Chagres y Portobelo había su competente dotación. Pero la diplomacia y el espíritu mercantil nos fueron de tanta utilidad como las lanzas y fusiles a nuestros hermanos de coloniaje. Intrigas y oro fueron nuestras armas; con ellas derrotamos a los españoles, y esa derrota cuyos efectos fueron tan positivos como los del cañón, tuvo la inapreciable ventaja de ser incruenta”.
En resumen, la burguesía comercial emergente fue “la sola autora del 28 de noviembre”. Como también lo fue del 3 de noviembre de 1903. Sin embargo, existe una gran diferencia jurídico-política entre la primera emancipación y la segunda, y entre estas dos y la tercera y definitiva independencia nacional sellada con la firma de los tratados del Canal el 7 de septiembre de 1977 y materializada el 31 de diciembre de 1999, con la salida del último soldado estadounidense de nuestro territorio y la arriada de la bandera de las barras y las estrellas.
La primera fue un simple cambio de dependencia, en la segunda se crea el Estado independiente y soberano con personalidad internacional pero ambos atributos del Estado mediatizados por la Convención del Canal de 1903. Y la tercera, contrario sensu a las dos primeras, fue el resultado de la lucha generacional de liberación nacional cuyo protagonista en todas las etapas históricas fue el pueblo panameño.
Conviene por tanto señalar –en el marco de las celebraciones de las efemérides de la patria– que la tercera independencia no se llevó a cabo “para cambiar amos blancos por amos chocolates” o para que las riquezas derivadas del Canal fueran a parar a manos de cleptómanos y corruptos o de políticos inescrupulosos, quienes han entregado los recursos nacionales a la rapacidad de las transnacionales y ahora pretenden escudarse tras el partido de Omar, después de haber abandonado sus postulados nacionalistas y populares y abanderado el clientelismo putrefacto y el neoliberalismo excluyente y salvaje.
Naturalmente, porque la juventud panameña de todas las generaciones de la República derramó su sangre generosa e hizo grandes sacrificios no sólo para lograr la soberanía nacional y salvar la dignidad mancillada de la patria, sino también para que a los dineros provenientes del Canal se les diera “el uso más colectivo posible”.
¡Así de sencilla es la cosa!

