Es el libro de moda. En las librerías lo colocan al lado de la caja, en pilas que se reducen con celeridad. Yo compré el mío y lo leí de un tirón, en un parque, una de estas tardes de primavera. No tiene más que 60 páginas.
Se titula Indignaos. Su autor es el francés Stéphan Hessel, alemán de nacimiento. Tiene 93 años, fue miembro de la Resistencia y el único redactor aún vivo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. La versión española está prologada por José Luis Sampedro, de la misma edad que Hessel. Dos hombres lúcidos y luchadores, que nos invitan a dejar de lado la indiferencia y el individualismo, signos de nuestros tiempos, y canalizar la indignación –aunque primero tendremos que sentirla, lo que ya sería un logro– en acciones dirigidas a cambiar aquello que la produce.
Hessel reconoce que el mundo es hoy mucho más complejo y que los enemigos no son tan tangibles como los que su generación tuvo que combatir. Se refiere al fascismo, al nazismo concretamente, y a los totalitarismos. Sin embargo, apunta algunos hechos actuales que debían movilizarnos, entre otros, la dictadura de los mercados o la distancia cada vez más grande entre los muy ricos y los muy pobres.
No obstante, basta echar un vistazo a los medios de esta última semana, para darse cuenta de que las fuerzas del mal no están tan dispersas como señala el autor y que son perfectamente identificables. Los españoles, en concreto, tenemos motivos suficientes no solo para indignarnos, sino para avergonzarnos. Para empezar, la compañía de telecomunicación Telefónica anunció que suprimirá 5 mil 600 puestos de empleo de un total de 28 mil, pero simultáneamente se supo que algunos de sus directivos recibirán bonos millonarios. Si la brecha entre ricos y pobres es ya un crudo tópico, pretender un capitalismo solidario y equitativo parece una utopía. Pero hay más. Mucho más.
Hablando de puestos de trabajo, la cifra de paro laboral entre los jóvenes españoles es el doble de la media europea, y la mitad de los desempleados, unos cuatro millones de personas, tienen menos de 34 años. Lo descorazonador es que muchos de estos jóvenes están muy bien cualificados, con uno o dos títulos universitarios. Es para indignarse. De hecho ya hay plataformas organizadas que manifiestan esa indignación, si bien resulta un tanto trivial, aunque comprensible, el fondo de su queja.
Estos jóvenes no pretenden cambiar un sistema que nos ha resultado a todas luces abusivo e injusto, sino que prevén un futuro con un nivel de vida inferior al de sus padres y gracias al cual han tenido, hasta el año en que comenzó la crisis, las necesidades básicas, y bastante más, cubiertas. De ahí que no sean muchos aún, pues el escaso espíritu solidario y el individualismo señalados permiten que los que de una u otra forma se las van arreglando, no se sientan concernidos. Queda la esperanza de que en el camino se vayan definiendo los objetivos.
Por otra parte, y en un terreno muy distinto, el significado del titular es digno de cólera: “Gaddafi ataca Misrata con bombas de racimo fabricadas en España”. Ni siquiera que fueran fabricadas y exportadas en 2007, un año antes de que un tratado internacional las prohibiera, nos libra del sonrojo.
Pero para vergüenza nacional, este otro: “La corrupción se presenta a las elecciones”. Resulta ser que en las listas de candidatos para las elecciones autonómicas y municipales que se celebrarán en España el próximo 22 de mayo, hay más de un centenar de imputados por cohecho, prevaricación, tráfico de influencias etc. El caso más llamativo, por el rango que ocupa, es el del presidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, del Partido Popular, ligado a la trama Gurtel y próximo a juicio. Presunción de inocencia le llaman a eso; lo grave es que mucha gente le dará el voto a pesar de ser sospechoso.
En tales circunstancias, Stéphan Hessel desaconseja siempre la violencia. No conduce más que al caos. Si usted quiere indignarse productivamente, le aconsejo que lea el libro.