Esta columna dominical, la que desarrollo en momentos de ocio, me sirve para desahogar preocupaciones cotidianas y tratar de hacer reflexionar sobre temáticas susceptibles a distintos ángulos de interpretación o análisis. Confieso, sin embargo, que este hedonismo literario me parece, muchas veces, estéril e infructuoso. Si no tuviera la dicha de practicar medicina social e investigar nuevas formas de prevención y tratamiento para enfermedades relevantes, sentiría que transito por la vida de manera vegetativa, sin poder ayudar al que realmente lo necesita.
Me resulta refrescante imbuirme en temas científicos. Eso me aleja de la holgazanería mental que impregna una porción no despreciable de nuestra sociedad. En ese ámbito, se respira un clima de disciplina, rigurosidad, creatividad, ingenio y trascendencia que hace transformar cualquier decepción en entusiasmo. Uno se siente útil a la humanidad, aunque sea minúsculo el aporte. Exponerse a personas que transpiran conocimiento, honradez y esfuerzo es el mejor antídoto a la estulticia circundante. Panamá es un país de contrastadas diferencias en la capacidad y productividad de sus gentes. Hay panameños que su dedicación y profesionalismo están a la altura de cualquier lumbrera en el mundo desarrollado. Hoy deseo rendir tributo a esas personas –algunas detrás de cámaras– que, con sus liderazgos, enrumban a la ciencia criolla por derroteros de protagonismo y progreso.
Por intermedio de la Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología (Senacyt), se sancionó la ley que aprueba el Sistema Nacional de Investigación (SNI). Esta Ley 56 de 2007 fue ideada para promover, en cantidad y calidad, la investigación científica y tecnológica mediante el incentivo curricular y económico de individuos que dediquen gran parte de su jornada laboral a estos menesteres. El SNI funcionará como una gran red de investigadores, amparados en escalafones de excelencia por méritos, obtenidos por avances, descubrimientos, publicaciones y patentes. Aparte del justo reconocimiento, conviene enfatizar que para que la ciencia impacte, el producto que genere debe contribuir al bienestar de la población, a nivel local, regional o universal. Si bien la ciencia básica genera la mayoría de insumos científicos, es la ciencia aplicada (clínica, social, ambiental) la que pone esos insumos al servicio de la gente. De nada le sirve al químico crear una sustancia con poder curativo si la misma no se somete a un ensayo ético conducido por médicos para demostrar su inocuidad y eficacia. La tarea queda también incompleta cuando un biólogo descifra el código genético de un virus mutante, pero falta un epidemiólogo que caracterice la población vulnerable y demuestre su impacto en salud pública. El SNI, por tanto, debe estar conformado por investigadores en diversas ramas del quehacer científico. En biomédica, una miríada de profesionales hace investigación aplicada. No solo es vital que éstos sean estimulados por la ley sino también que las instituciones donde laboran fomenten y faciliten la actividad experimental. Varios ejemplos ilustran la importancia de las investigaciones biomédicas para la población panameña. Hace unos seis años, investigadores del Instituto Gorgas, con apoyo del CDC de Estados Unidos, lograron identificar una variante de la enfermedad producida por el hantavirus. Entomólogos, epidemiólogos y clínicos caracterizaron la dolencia, descubrieron el ciclo de la infección, identificaron el ratón transmisor, trazaron las áreas de riesgo y secuenciaron el virus. Una verdadera hazaña. Los científicos involucrados tienen más mérito que cualquiera de los folclóricos personajes que ha recibido llaves de la ciudad por parte del alcalde capitalino. Todo lo acontecido está publicado (Emerg Infect Dis2004; 10:1635 y Am J. Trop Med Hyg2004; 70:682) y el conocimiento difundido a la comunidad, tanto técnica como laica, para beneficio colectivo.
Recientemente, tres personas del área metropolitana fallecieron por una enfermedad febril de génesis incierta. Nuevamente, colegas dedicados lograron documentar que se trataba de una infección producida por una bacteria llamada Rickettsia y transmitida por garrapatas. Mi grupo de infectología del Hospital del Niño ya había publicado hace cuatro años la ocurrencia de un caso fatal de dicha enfermedad (Emerg Infect Dis 2007; 13:1763), procedente de la vecindad oeste del área canalera. En la actualidad, el Instituto Gorgas, mediante colaboración con el CDC, ha propiciado que varios compatriotas reciban entrenamiento especializado en la materia. La idea es identificar a las garrapatas portadoras de dicha bacteria, hacer un mapa de su distribución y conocer las peculiaridades epidemiológicas y clínicas que permitan prevenir o sospechar precozmente la infección para ofrecer terapias oportunas que salven la vida de las personas afectadas.
Otra área caliente de investigación en estos momentos está dirigida a descifrar los meses de circulación del virus de influenza (gripe), las cepas involucradas, las vacunas óptimas a implementar en el país, los individuos con mayor probabilidad de contagio o severidad de la infección y capacitar al personal de salud con información actualizada. Para esto, el Instituto Gorgas ha reforzado la sección de virología con personal y tecnología de calidad, establecido alianzas con entidades extranjeras de renombre y obtenido financiamiento local e internacional para ejecutar proyectos pioneros. Además, el Minsa, a través de un convenio con su contraparte estadounidense, ha creado el Centro Regional de Capacitación en Salud, idea diseñada para capacitar personal sanitario de toda Centro América en influenza humana y aviar (por ahora) para, conjuntamente, enfrentar potenciales epidemias. Los prestigiosos galenos Jorge Motta, Enrique Mendoza y Néstor Sosa dirigen su andamiaje académico.
Sin duda, investigación es más que generación de conocimiento. Es un proceso de educación y desarrollo de conciencia sobre las problemáticas sanitarias y sociales que nos aquejan. Según Unesco, el cultivo de la ciencia es fundamental para garantizar el progreso de los pueblos, hasta el punto de que los países sin ciencia se excluyen de las naciones capaces de elegir su propio futuro. Las estadísticas de la región latinoamericana son realmente tristes. Ejecutamos menos del 5% de la investigación médica mundial; publicamos menos del 1% de la literatura médica que aparece en revistas indexadas; tenemos menos del 0.5% de autoría de capítulos en libros de texto médico recomendados; gastamos menos del 0.5% del PIB en ciencia y tecnología (2%-5% en países desarrollados); y los científicos representan menos del 0.7/1000 de la población económicamente activa (7/1000 en países desarrollados). ¿No nos da vergüenza? Manos a la obra.