El clientelismo se ha convertido en el ADN de la institucionalidad panameña, la cual la está disminuyendo a pasos agigantados. Por supuesto que hay que intervenir en la arquitectura del Estado por fuera, pero sobre todo, por dentro y el primer paso parecería elegir bien el día de las elecciones.
Lo que sucede es que la forma de escoger los candidatos ya está contaminada. El sistema permite, por ejemplo, que los fondos del Estado se utilicen para que cada funcionario (diputado, alcalde, representante, etc.), en el desarrollo de su labor genere, produzca y fomente clientelismo. Y ante esta realidad, no existe una institución que los detenga, porque una de las llamadas a hacerlo, como la Fiscalía Electoral, es ineficiente.
De esta manera, el círculo vicioso se sigue cerrando. El pueblo queda extasiado con ese que le ofrece la dádiva, por más ridícula que sea, y le da su voto. Pero entonces nos damos cuenta que el problema es más profundo. Porque no necesariamente votaste por el mismo, sino por otro peor. Que está hecho a la imagen y semejanza del que despilfarró los fondos públicos, para hacer lo mismo y hasta malgastar mucho más.
Porque todo se genera en la entrañas de los partidos políticos, a su vez, beneficiados por una enorme e innecesaria catarata de fondos públicos que les permiten producir más clientelismo en las propias narices del Tribunal Electoral, el cual prefiere mirar para otro lado.
La crisis está llegando a tal punto que pronto veríamos delincuentes conocidos y notorios, en altos cargos públicos. Porque ya no serían tanto sus defensores y protectores los que llegaran a puestos de elección o nombramiento, sino los propios bandoleros.
Porque tampoco hay armónica colaboración para detener la narco política.
Mientras al sistema de justicia le celebran migajas para que funcione a un mínimo, al imán de la supuesta delincuencia (el conocido “Primer Órgano del Estado”) lo topan de fondos. Y ese imán del mal crece cada vez más sin aparente detención a la vista, de parte de las autoridades competentes.
Y si notamos la actitud o presencia del actual gobernante, colocado en palacio para producir videos, mercadearse y limitarse a la entrega pública de ofrendas a todo color, esto va a seguir y ponerse peor, porque se está gobernando precisamente para que el statu quo se mantenga tal cual.
Y de esta manera el “no pasa nada” se mantendrá en la enorme cantidad de escándalos en la cosa pública, que hoy son producto de procesos penales ante la mirada esquiva de quienes tienen el deber desde el cargo público, de cuidar el Estado y defender la institucionalidad democrática.
El autor es abogado

