DEBATE.

La intolerancia mata la prudencia

Es penoso ver que cuando las cosas se complican, la gente empieza a perder el control convirtiéndose los diálogos y discursos en vocinglerías estridentes teñidas de apreciaciones ideológicas, algunas muy lejanas de la realidad. Surgen entonces aquellos famosos "diálogos de sordos", en donde todos gritan y nadie escucha y por supuesto no se dice nada. Pero ¿por qué nos preocupa esto ahora, si es algo que con frecuencia sucede? Porque se trata de conductas que se dan en el marco de la protesta y la oposición que están afectando al conjunto de nuestra sociedad.

El dejarse llevar por las pasiones en los momentos críticos de la "lucha" o lleva a generar más violencia o a convertirse en el punto final de la misma al denigrarla entre gritos cacofónicos y acusaciones trasnochadas. De ahí la importancia de reflexionar acerca de la inconveniencia de perder el dominio de sí mismo, cuando alguien no está de acuerdo con lo que se dice o porque el otro tiene la razón. Cuando los actores políticos se enfrascan acciones que han definido como la búsqueda del bien común, estas deben ser guiadas por la prudencia y la sabiduría, ya que cuando el resentimiento, la envidia y la cólera las dominan, el movimiento social rápidamente se transforma en una turba incontrolable que es repudiada por las mayorías. Las manifestaciones pacíficas son manifestaciones prudentes donde se va con buena fe, sin piedras en el bolsillo, con el ánimo de convencer a los otros de la bondad del argumento propio, no de agredir a los contrarios simplemente porque también tienen sus verdades.

La escogencia de una u otra forma de relacionarse, ya sea con prudencia o con violencia depende de los actores: de sus objetivos abiertos, de sus agendas ocultas, de sus compañeros de lucha y de sus personalidades. Todo este conjunto de factores define su conducta, estrategias y tácticas, las que al momento de ponerse en marcha cobran vida propia por la dinámica que imprimen los eventos. De esta manera, los resultados de la acción colectiva pueden ser impredecibles y algunas veces incontrolables. De ahí la importancia de estar en capacidad de examinar serenamente las posibilidades reales antes de tomar decisiones que afecten a otros ya que no se trata solo de hacer lo que a nosotros nos conviene en nombre de la comunidad. Se trata de defender derechos incluyendo el orden social.

Los que se auto proclaman interlocutores de la colectividad no pueden perder el control de sí mismos ya que entonces perderían de vista a la razón, dejando al garete sus pasiones con desmedro del bien común. Y vuelvo a resaltar, que no es lo mismo vociferar, lanzarse acusaciones, algunas sin sentido y pelearse en el ámbito doméstico, "entre amigos", que ante los medio de comunicación entre oponentes. Este tipo de conductas mediatizadas por el resentimiento social y la intolerancia corrompen el sentido de justicia y de participación social. Los que deciden lanzarse a la vida pública ya sea como defensores de la justicia social o como contestatarios de las políticas gubernamentales deben someterse a las exigencias de la prudencia. Solo así evitarán caer en el abismo de la intolerancia que solo lleva al fracaso.


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