La invasión de la privacidad

Imagino que, en la medida en que se progresa, y se utilizan instrumentos más sofisticados, no hay modo seguro de escapar a esta clase de espionaje

Adolfo Ahumada Creer que la intervención telefónica para escuchar conversaciones privadas es cuestión exclusiva de dictaduras, resulta una soberana ingenuidad. Edgar Hoover, cuando dirigía el FBI, le intervenía los teléfonos a Martin Luther King y a otros dirigentes del movimiento por los derechos civiles. En el Hotel Watergate de Washington, unos señores disfrazados de obreros, encabezados por Howard Hunt, fueron sorprendidos cuando colocaban artificios para escuchar las reuniones del Partido Demócrata. Los acontecimientos dieron lugar al desplome de Richard Nixon. El método también lo usaban contra los bandidos. A Paul Castellano, el penúltimo jefe de la familia mafiosa de los Gambino, le aplicaron una tecnología muy avanzada que incluía los teléfonos y las paredes de su propia casa. De esa manera, se descubrió el vínculo amoroso de Castellano con su empleada doméstica, lo que, sin excluir los diálogos cariñosos, el FBI divulgó entre los congéneres del caballero, logrando de ese modo que se convirtiera en objeto de burla. Como el mafioso perdió la imagen de duro que le otorga prestigio en su ambiente, a las pocas semanas fue sacado de circulación por sus compañeros de correrías, mediante un par de tiros definitivos e inapelables.

En Panamá, a principios de la década del sesenta, la dirección del movimiento estudiantil tenía registrada la manera de saber cuándo un teléfono estaba intervenido y entonces se pasaban mensajes falsos para despistar a los agentes, los cuales ocupaban el día entero en plan de escuchas, para luego remitir un informe generalmente inútil. Durante el proceso de negociación de los tratados del Canal, y cuando Omar Torrijos quería encontrar un camino expedito para transmitir su reacción frente a una demora injustificada de Estados Unidos de producir respuesta sensata a las aspiraciones nacionales, dejaba de lado la comunicación segura y transmitía instrucciones por teléfono. Recuerdo que a los cinco minutos se recibía una llamada de la representación estadounidense, dando a conocer el punto de vista que había causado la expectativa. Imagino que, en la medida en que se progresa, y se utilizan instrumentos más sofisticados, no hay modo seguro de escapar a esta clase de espionaje. Tal parece que el acceso a esta tecnología contemporánea no es nada difícil y que la adquisición de las herramientas es cuestión de saber dónde comprarlas o de quién recibirlas en plan de donación. En 1981, un vendedor centroamericano que andaba por Panamá mostraba un maletín, muy fino por cierto, en cuyo interior había un equipo electrónico que, colocado en la dirección deseada, podía escuchar la conversación de cualquier mesa en un restaurante.

Hay que preguntarse sobre la utilidad actual del procedimiento. Presumo que no hay datos confiables que puedan ser de conocimiento público, pero valdría la pena saber cuántos delitos se descubren por medio de este método. Como en política parece haber más cuidado, la cuestión puede prestarse más bien para escudriñar en terrenos de carácter conyugal y en otros asuntos muy particulares, ampliamente distanciados de conspiraciones políticas para violentar los regímenes constituidos. Quizá de allí lo que pueda derivarse sea la malsana diversión de enterarse de la manera despectiva o derogatoria como una persona se refiere a otra, frente a la cual se supone que debía existir un grado importante de estimación o, en términos de coyuntura, quién apoya a quién. Igualmente, la desconfianza entre copartidarios, las inclinaciones y gustos de ciertos personajes de la vida pública y otros hallazgos sin más valor que la satisfacción de la morbosidad. De modo que, en efecto, las autoridades del Ministerio Público y el Organo Judicial deben insistir en la aplicación rigurosa de la ley, que señala claramente quién y en qué circunstancias excepcionales puede ordenarse una intervención, la cual siempre será una invasión de la privacidad. Lo que no debe olvidarse es que estos mecanismos de recoger información –inteligencia le llaman y no entiendo por qué– están vinculados a las preocupaciones sobre la seguridad del Estado, en términos generales. Por eso es que las intervenciones telefónicas no han respetado sistemas políticos ni formas de gobierno. No importa si usted vive en dictadura o en democracia, en el capitalismo o en el socialismo, en sistemas presidencialistas o parlamentarios, en monarquía o en república, siempre es prudente recordar lo que, en cierta ocasión, me dijo tío Loncho, experimentado pescador de Farallón: “yo no creo en sirenas, pero de que las hay, las hay”.

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