Los últimos grandes acontecimientos políticos, sociales y de salud han dejado expuesta una situación muy preocupante, aunque no exclusiva de nuestros tiempos. En cada sociedad sobre la tierra existen dos o más grupos, los cuales coexisten, pero muy poco se mezclan, y escuchan cada uno solamente a quien quiere escuchar y cree solo aquello que quiere creer, desconfía de los demás grupos y hasta se torna violento contra ellos.
Entre esas múltiples dicotomías vemos a los provacunas y a los antivacunas, a aquellos que dicen que el virus de la actual pandemia es un engaño y que no existe; están los conservadores de derecha recalcitrante, individualistas, racistas y homofóbicos, y, por otro lado, encontramos a los liberales, quienes defienden un mundo humanista, multirracial y de libertad de escogencia sexual.
También encontramos a los que se preocupan por el calentamiento global y a aquellos negacionistas, quienes insisten en que el fenómeno no existe o que, si existe, no tiene ninguna relación con las acciones del ser humano. Hay quienes defienden que la Tierra es plana… Sin comentarios.
Si nos vamos a las religiones… ¡Uf! Por definición se insiste en que “la nuestra” es la religión verdadera y nosotros los únicos fieles que seguimos al Dios auténtico; todos los otros son paganos, infieles, ateos, y serán condenados a un castigo horrible por el resto de la eternidad. Otros basan su vida en que Dios microgestiona todo lo que pasa en el planeta Tierra… Orbe que es bastante caótica, por cierto.
Y, contra los ciudadanos del mundo, están los autodenominados “patriotas”, a quienes debemos recordarles a Voltaire, quien nos dijo (¡hace más de 300 años!): “¿Acaso ser patriota significa ser virtuoso? Para ser un buen patriota, hace falta convertirse en enemigo del resto de la humanidad”.
Estamos en una época de extremos, con una curva normal invertida en cuanto al fanatismo, el dogmatismo y en creer sólo aquello que se quiere creer. Esto es muy peligroso; ha sido lo que antecedió en el pasado a guerras de todo tipo y a las monstruosidades que ha cometido el ser humando contra sus congéneres, generalmente sólo por pensar diferente. Esto sucede hasta dentro de las familias y círculos de amigos.
Toda esta realidad es una situación aprovechada por quienes quieren sumar adeptos sin importar las consecuencias, formando sectas que sólo dividen, así como por políticos inescrupulosos con objetivos inconfesables, muchas veces ligados al dinero que obtendrán de dichos conflictos, sin importar las víctimas inocentes.
El origen de este comportamiento primitivo está presente desde el inicio de la civilización y tiene su base, que en algún momento pudo haber sido justificable, en la protección de la tribu.
En la actualidad, el fanático es alguien que cede la capacidad de pensar y discernir a otro, a un “líder” que pensará por el grupo, y quien supuestamente le llevará a un futuro mejor, usualmente haciendo referencias a un pasado que siempre se vislumbra con añoranza como bueno, independientemente de que se trate o no de algo real.
Por eso es tan crucial fomentar la educación basada en el análisis crítico y la interpretación propia y racional de los hechos que acontecen. En la medida que no podamos pensar, analizar y discernir con criterio propio sobre las situaciones a las que nos enfrentamos, habremos dejado de ser homo sapiens para convertirnos en “homo sectatores”, sin recordar el antiguo cuento del Flautista de Hamelín y sus trágicas consecuencias.
El autor es ingeniero, informático, emprendedor y escritor
