La pandemia de la Covid-19 ha generado una cantidad abrumadora de información. Alguna de muchísimo valor científico y académico, y otra no tan valiosa. Ante la necesidad de tomar decisiones sobre el manejo de los pacientes afectados, se está publicando mucho, sin pasar previamente por todos los filtros habituales, como es la evaluación por pares (peer-review) y que se considera una de las garantías de validez de la evidencia científica.
Incluso, es frecuente recibir artículos que están en fase de “manuscrito” antes de haber sido aprobados para publicación definitiva por las revistas médicas. Esto, si bien puede generar ciertas dudas sobre la validez de los resultados de cara a sacar conclusiones, hay que entender que, en una pandemia de esta magnitud (que ya ha afectado más de cinco millones de personas y matado a más de un tercio de millón), todos tratan de aportar de cara a buscar opciones. No olvidemos que, desde hace cien años, la medicina no se enfrentaba a una enfermedad infecciosa tan contagiosa y con tanto potencial de letalidad.
Un elemento muy importante en la diseminación de información de uso clínico, ha sido el internet y las redes en todas sus presentaciones. Gracias a estos medios de comunicación, podemos leer lo que publica o editorializa el NEJM, Science, Nature, Lancet o JAMA el mismo día de su publicación. Incluso, todas estas revistas han puesto su material sobre la Covid-19 de forma gratuita, sin necesidad de suscripción para accederlo.
Pero, no todo ha sido positivo en la diseminación de información. Gracias a esas mismas redes y el internet, muchísima información falsa, sesgada o simplemente absurda se ha diseminado como fuego en un polvorín. Y no me refiero a los arrebatos irracionales de Trump inventando conspiraciones y aconsejando que todo el mundo debe tomar hidroxicloroquina, porque a él le dijeron que era muy buena y que en África había pocos casos porque allá la usan para la malaria. O la máxima que habría que considerar la posibilidad de tomar desinfectantes para matar el virus.
Me refiero a historias verdaderamente raras y haladas de los cabellos, que mucha gente (incluyendo médicos), envían con singular alegría haciéndose coro de las locuras que escribe cualquier ocioso que está buscando sus quince minutos de fama.
Partamos de la base que a los seres humanos nos encantan las conspiraciones. Son entretenidas, están llenas de suspenso, y siempre generan ese morbo que gira alrededor de la mentira que supuestamente es la historia oficial. Así, todos hemos escuchado que a las Torres Gemelas las mandó a derribar Bush para tener una excusa para invadir Irak y quedarse con su petróleo; que al Pentágono no lo impactó un avión sino que fue un misil que lanzaron equivocadamente los mismos americanos, y hasta que el hombre nunca llegó a la luna, sino que todo fue un cuento filmado en Hollywood.
De todas las conspiraciones, la más repetitiva es la del laboratorio de Wuhan. Según esta versión, el SARS-Cov-2 es un virus hecho con ingeniería genética para infectar a Occidente y apoderarse de la economía mundial a través de la compra de acciones baratas de empresas de Estados Unidos. La otra, es que el virus “se escapó” por accidente del laboratorio, y se diseminó por China y el resto del mundo. Esta versión se enlaza con la complicidad deliberada de la OMS, para perjudicar a Estados Unidos y a Occidente y cumplir el plan macabro de reducir la población mundial, que la ONU viene implementando hace ya bastante tiempo. Francamente, siempre he pensado que si la ONU quisiera acabar con parte de la humanidad, el método más fácil sería dejar de repartir alimentos, medicamentos y vacunas por África y por muchos otros países. Sería más barato, menos complicado y no requerirían tanto personal.
Increíblemente, hay científicos que reproducen estas conspiraciones dando por un hecho que hay “mano criminal” en todo lo relacionado con la Covid-19. Curiosamente, si hiciesen una simple búsqueda en Google pudieran encontrar un artículo muy completo publicado en la revista Nature, que hace un detallado análisis de cómo se produjeron las mutaciones que terminaron convirtiendo un virus que posiblemente ha estado en los murciélagos por cientos de años, en una enfermedad que llegó a los humanos vía un mamífero intermediario (que parece ser el pangolín), y que perfectamente pudo ocurrir en los mercados húmedos, tal cual se dijo desde el primer momento.
Lo que pasa es que estas explicaciones científicas son mucho menos divertidas y generan menos morbo que todas las ridículas conspiraciones que traen como consecuencia una pandemia que nos tiene a todos enredados.
Pero podemos estar seguros que estas locuras seguirán apareciendo como hongos en el bosque, así que seguro dará para algunos otros domingos…
El autor es cardiólogo