Hace muchos años, leí una novela de ciencia ficción titulada La amenaza de Andrómeda, sobre un germen extraterrestre que llegó a la tierra cuando un satélite artificial cayó desde el espacio, cerca de un pueblo, desatando una epidemia que mató a todos menos a dos de sus habitantes. Uno de los científicos encargado de investigar, estaba a punto de encontrar una cura, cuando el microorganismo sufrió una mutación y escapó a todo intento de contención. Algo más o menos así me vino a la mente cuando escuché por primera vez sobre la nueva variante del SARS-CoV-2 detectada en Sudáfrica y Botswana hace unos cuantos días. Un nueva versión de este coronavirus con más de 30 cambios genéticos en su proteína de superficie spike y en muchas otras partes del virus. Al día siguiente de este anuncio, la Bolsa de Valores de Nueva York sufrió una caída importante y no faltaron comentaristas en los medios de comunicación que especulaban sobre las posibles consecuencias negativas de estos cambios genéticos en el comportamiento del virus y la enfermedad que éste produce.
Afortunadamente, la información que ha ido saliendo sobre las características clínicas y epidemiológicas de esta nueva variante denominada Ómicron por la OMS, no son tan apocalípticas después de todo. En primer lugar, aunque parece ser muy transmisible, la evidencia preliminar de Sudáfrica y Europa, lugares donde se han dado la mayoría de los casos, parece indicar que no se asocia con tantos casos graves, hospitalizaciones y muertes. Estas son buenas noticias, aunque lógicamente hay que esperar a que se realicen estudios más detallados para afirmar con mayor certeza si éste es el caso.
Por la extensa modificación en la proteína spike, se espera que los anticuerpos generados por la infección o por las vacunas no confieran el mismo nivel de protección que contra la cepa original de Wuhan o incluso contra las variantes Alfa y Delta detectadas recientemente. De hecho, ya hay evidencia de un aumento de las reinfecciones en Sudáfrica y dos estudios en pre-publicación indican que aún dos dosis de las vacunas disponibles no parecen conferir, al menos en laboratorio, niveles muy altos de inhibición del virus Ómicron y sólo después de una tercera dosis se empieza a ver mayor nivel de anticuerpos neutralizantes.
Lo que también se ha publicado es que, aún con los múltiples cambios en la proteína de superficie, es muy probable que los linfocitos, la otra parte del sistema de defensa del organismo estimulado por las vacunas, van a ser efectivos contra esta nueva variante, protegiendo, como lo hacen usualmente, contra la enfermedad severa y muerte por Covid-19. Razones importante para ponernos las vacunas y su refuerzos cuanto antes.
Pareciera también que algunos de los denominados anticuerpos monoclonales contra la proteína spike que se usan en el tratamiento y prevención de la Covid-19, verán su eficacia disminuida contra la variante Ómicron. Uno de los estudios al cual hice referencia demostró una completa ausencia de actividad inhibidora del producto Regencov contra esta variante en un ensayo de laboratorio.
Por otro lado, se espera que Ómicron sí responda a los dos nuevos tratamientos orales, Molnupiravir y Paxlovid, que están por aprobarse para su uso en diversos países.
Pero como siempre, debemos ver publicados los experimentos específicos demostrando la veracidad de esta afirmación antes de cantar victoria.
La variante Ómicron se ha detectado ya en más de 41 países, incluyendo en América Latina y, en algunos casos, parece estarle ganando la batalla a la variante Delta, que ya de por sí era bien transmisible.
¿Qué podemos hacer mientras los científicos averiguan más sobre Ómicron? Lo más importante es vacunarnos y colocarnos esa tercera dosis o refuerzo los más pronto posible. Aún si la protección contra Ómicron no es perfecta, como con todas las otras variantes, los no vacunados se van a infectar, contagiar y morir mucho más que los no vacunados. Además, hay que continuar utilizando las medidas ya conocidas de protección, como la mascarilla y el evitar lugares cerrados, mal ventilados y con muchas personas.
Pues como vemos, la variante Ómicron tiene un par de cosas positivas, pero también trae consigo características de preocupación.
Asumiendo que el futuro nos depare más de este tipo de evolución del SARS-CoV-2 a variantes más transmisibles pero que causan una enfermedad más leve, es posible esperar, siendo optimista, que la Covid-19 se convierta en una enfermedad respiratoria más parecida a un resfriado común, como la causada por los otros coronavirus endémicos. Pero todavía falta tiempo para eso. Con este virus, que ya ha causado más de 5 millones de muertes en el mundo, lo único predecible es que es completamente impredecible. Por ello sugeriría que por ahora, o al menos de vez en cuando, pensemos en él como si fuera parecido a la amenaza de Andrómeda.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas
