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La ciudad, el mar, el espacio público y el mercado (del marisco)

En Panamá, tenemos un viejísimo lugar común, que consiste en decir, como si fuera un descubrimiento, que esta ciudad le ha dado “la espalda al mar”. Y, como suele ocurrir con los lugares comunes de ese estilo (“los hombres son de marte, las mujeres son de venus”), es inexacto. La ciudad, montada en una zona de tránsito interoceánico, ha tenido que darle la cara al mar desde que nació en Panamá La Vieja, renació en San Felipe y requetenació con la recuperación de la antigua Zona del Canal. El paseo de Las Bóvedas y los rellenos de Barraza y el Trujillo (donde comienza la Avenida Balboa en Calidonia) fueron creando balcones, miradores y senderos desde donde se puede jugar visualmente con el mar, caminando o rodando, desde hace un siglo. El primer barrio fuera del conjunto intramuros-arrabal, en 1913, se llamó Bella Vista; entre éste y La Exposición hay otro que de manera más clara se llamó Vista del Mar, etc. Con las normas urbanas que teníamos, La Cresta y El Cangrejo se diseñaron mirando al mar, pues todavía se consideraba que el mar era de todos.

Ya con Punta Paitilla, al final de la década de 1960, el mercado inmobiliario propuso la idea de espacio privilegiado, para quien pudiera pagar por él. Y así, el resto del litoral, hacia Tocumen, se fue llenando de barrios exclusivos, como Panamá Pacífico, Costa del Este, Santa María y los que vengan, donde solo Costa del Este comparte parcialmente el mar con la ciudad.

Hace más o menos 30 años, en una nueva vuelta de tuerca con la ciudad y su gente, apareció un proyecto llamado -nada menos- Miramar que, ese sí, le dio la espalda, pero a la ciudad y se quedó con el mar... gratis. Y entonces fue surgiendo una serie de edificios altos que han estado construyendo una cortina entre el mar y el resto de la ciudad y poco a poco se han apropiado de nuestra bella vista, para utilizarla como argumento de venta, sin contraprestación alguna.

En 2009, la primera parte de la cinta costera, entre Marañón y Paitilla, significó una acción contra la corriente, ya que no se contentaba con ensanchar las calles para mitigar los problemas creados por una ciudad diseñada para el automóvil, sino que creaba un sendero peatonal de casi 3 kms de largo y unas 10 hectáreas de área verde, ¡todo eso frente al mar! Para esta ciudad, a la que le han escamoteado sistemáticamente sus parques, esto fue una verdadera revelación/revolución. Cualquiera que vaya temprano en la mañana o en la tarde y tarde-noche, se dará cuenta de la cantidad de gente de todos los tamaños, colores y formas, que disfruta el parque litoral. Por eso mismo, en 2013, se le añadió un parque más tradicional, separado de las vías y metido en el mar, de 6 hectáreas (nuestro gran parque Urracá tiene un poquito más de dos, el parque de El Cangrejo una), diseñado por Juan Herreros, prominente arquitecto español, que acaba de diseñar el Museo Munch en Oslo (que sería como diseñar aquí el Museo Zachrisson o la Casa de Música Rubén Blades). Y ese parque es un éxito total.

Pero ahora resulta que al Municipio de Panamá, el defensor por antonomasia del espacio público, se le ha ocurrido promover la construcción de un nuevo mercado del marisco, precisamente en ese parque. ¿Cómo se le ocurre? ¿No ve que va a desvirtuar su diseño y su función? ¿No ve que va contra la Ley 6 de Ordenamiento Territorial, que dice que “es deber del Estado velar por la protección e integridad del espacio público”? ¿No ve que eso no se le hace a nadie? Y menos a un parque que se llama “Mirador del Pacífico”, en una ciudad que tiene pocos miradores públicos y aun menos parques.

El pasado mes de octubre, en una entrevista a Juan Herreros, el diseñador del parque, con motivo de la inauguración del Museo Munch, le preguntaban por qué la obra se demoró tanto. Y él respondía que, fuera de las derivaciones pandémicas, cuando se trata de grandes obras, “Noruega vive estos procesos con gran intensidad participativa. Es un país de cuatro millones de habitantes pendientes de todo lo que pasa”. ¡Qué buena idea! Podemos aprender de eso y tal vez en el futuro haya que acreditarle al municipio el haber logrado motivar a la ciudadanía a participar en la defensa del espacio público y de la ciudad, aunque sea por las razones equivocadas. Y lo celebraremos en el parque, con el alcalde, mirando al Pacífico.

El autor es arquitecto urbanista


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