De Nonthaburi, Tailandia, a unos cuantos kilómetros de Cambodia, Laos, Vietnam, y con una música que imagino de monasterio nepalí en la montaña, llegó a mí, aquí en Panamá y en el casco viejo, Ning.
Me clava los codos, los dedos, las rodillas por todos lados y me hace recordar que soy todo columna vertebral. Así empecé y así sigo, por más que los brazos, las piernas y la cabeza me quieran hacer olvidar diariamente que todo lo que soy, proviene de ese conjunto de vértebras.
La estudia con sus manos que van husmeando con delicadeza bajo la piel y entre los huesos hasta entender qué está dónde y entonces hacer presión en tal o cual lugar. Todo siempre alrededor de la columna.
Al salir, camino por las calles angostas con suelo de adoquines. Un gato acostado en la vereda me mira pasar desde el piso templado con el que se enfría de este calor caribeño, por el que camino viendo los balcones de historia, los restaurantes, los cafés, la humanidad que se vació durante un tiempo pero que ahora vuelve a salir y se pone de pie otra vez, toda junta. Los locales que venden sombreros panamá, originarios de Ecuador y que se hacen también en Guatemala, o las gunas vendiendo molas y otras cosas en el mercado del puente sobre el mar, bajo los techos de flores rosadas que nos cubren de una lluvia fina, mientras viven. Mientras todos vivimos.
Entonces yo me pregunto: ¿cómo puede ser que un solo señor y sus miedos, producto de décadas de izquierda o derecha y al centro y adentro, dueño de un mundo y caminando tranquilo como si las máscaras que llevamos todos hace dos años fueran solo un chiste de siete mil millones de personitas que mantienen su vida y las de todos los otros dirigentes, cómo puede ser que ese señor se mofe del planeta, tirando petardos y bengalas a pocos metros de una central nuclear que puede limpiar a toda Europa y que, dicho sea de paso, es la columna vertebral de nuestro planeta, desde hace varios milenios?
¿Cómo puede ser?
¿No será que el mundo necesita un masaje tailandés?
El autor es ingeniero

