Equidad

La empresa ha muerto

Esa cara de disgusto, miedo, incertidumbre que provoca este título era quizá lo que provocaba Nietzsche en el siglo 19 cuando proclamaba a voz en cuello que Dios había muerto. No presumo de filósofa, ni de mucho menos. Soy apenas una ciudadana ansiosa. La pandemia de Covid 19, con su escenario de comunicación masiva, conectividad infinita y desigualdad prevalente, ha desnudado el alma del capitalismo salvaje y su estúpida oposición a la naturaleza. Somos tremendamente vulnerables ante el desastre porque hemos priorizado el capital por encima del bienestar de las personas. La pandemia no es igualadora, es más bien reveladora.

Este evento viral abre una ventana de reflexión sobre nuestra civilización postmoderna. La empresa irresponsable debe morir. Ya nosotros, el pueblo, estamos hartos de morir.

Queda evidente entonces que el peor crimen es aquel que causa la muerte de la salud comunitaria. Nos vendrían bien ahora los millones robados al Estado, los impuestos evadidos. La lista panameña es larga y enervante: Odebrecht, Blue Apple, Van Damm, lavado descarado, PAN... Me marchito al pensar en esas patrias perdidas como dice el poeta Franco, como golpeados muros de cantina.

La “empresa” manda a la gente al río como si estuviéramos en 1789, paradójicamente. Pero la empresa humana que resucite de esta calamidad deberá entender su rol como formador de patria, generador de innovación, y consciente del cambio climático. ¿De qué nos sirve tener una población saludable si el país se va a la bancarrota? ¿a qué le llamamos saludable? ¿Significa volver a un sistema que explota a los trabajadores,con ambiente de trabajos que enferman?

Una invitación para asistir al velorio de la empresa capitalista salvaje es su tratamiento al trabajador. Hablo de cajeras, estibadores, administradores, agricultores que trabajan demasiadas horas, malviven en el tranque y están condenados a nunca salir de ese círculo vicioso. La riqueza no es mala en sí misma, pero lo que renazca debe aceptar al trabajador y a su familia como socios en la creación de las ganancias. Así quizás los nuevos ricos serán quienes tengan mejores ideas y no quienes exploten a la gente.El espíritu de Marta Matamoros vuelve por las noches de pandemia para llamar a la justicia y compasión para las miles de madres que son cajeras de supermercado.

La empresa que depreda al ambiente debe fenecer. La que ensucia a lo calladito (que lo grite el Matasnillo), la que tala la selva (lo vocifera Darién) la que inunda las calles de plástico, la que importa veneno y los vende sin ascos. La riqueza generada a partir de explotación debe ser destruida.

Esa idea empresarial tan cacareada de que no somos indispensables debe extinguirse. Sí lo somos. La vida del trabajador es preciosa; reemplazarlo es costoso y retrasa los objetivos. Soy indispensable en mi hogar, en mi barrio, en mi trabajo.

Otra inri es la proyección de que la empresa es eficiente y que el Estado no lo es. El Estado no es un simple administrador; es dueño, garante, educador, ejecutor y guardián de la riqueza humana y natural de sus territorios. No espero ni diez centavos menos que eso. La empresa actúa dentro del marco regulatorio de un Estado decente, consciente e innovador.

Obvio que esto no es solo con Panamá. Pero al ser lo que somos, tener lo que tenemos y estar donde estamos, debemos exigir un Estado no solo verdaderamente solidario, sino además transparente, científico y justo. Que vayan al cepo de la ley y el escarnio público los que se atreven a robar y a joder al pueblo sin excepciones.

Esta pandemia también nos hace ver que la justicia debe ser retroactiva. Tenemos cuentas pendientes con desigualdad que proviene de la discriminacion racial y económica en Panamá. No es casualidad que los barrios más pobres y marginados sean las poblaciones afro panameñas, originarias y migrantes. La bonanza de estos lares alcanza para ofrecer a todo el que viva aquí, una vida digna, esa que recitan los objetivos del desarrollo sostenible de las Naciones Unidas. Es hora de asumir ese poder que emana de la comunidad y reivindicar la reparación.

Pasado el velorio, tenemos la responsabilidad - es lo más trascendental que haremos en nuestras vidas- de transformar el pacto social humano y tomar de una vez por todas el camino del verdadero progreso: la equidad.

La autora es comunicadora social y miembro del grupo Afrodisiaco

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