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Placeres

La ética de la lectura

Aunque leer para mí representa un gran placer, no puedo afirmar que ocupa el mayor porcentaje de la felicidad en mi vida. En realidad es un pequeño porcentaje de mi felicidad. El placer de compartir con la familia momentos deliciosos, tenderse en la cama o en la hamaca y disfrutar del descanso, saborear una buena comida, el placer de una conversación con los buenos amigos y dialogar con la naturaleza, ocupan más espacio en mi vida. Todas son formas de felicidad que hay que cuidar. Sin embargo, creo que he dedicado muchas horas a cuidar de la lectura y realizado más reflexiones sobre el acto de leer. Los amigos y la familia necesitan que los atendamos con cuidados parecidos a los que tenemos para con los libros. El amor y la atención que les dediquemos nutren los afectos y fortalecen el deseo de convivencia.

Me gusta leer a profundidad, pero no digo que leo de todo. Sospecho de las personas que dicen que leen de todo. Comparado es como el que dice que escucha de todo, refiriéndose a la música. Se suele decir que de todo hay en la viña del Señor. Es cierto, pero, desde mi punto de vista, el universo ha permitido que existan ciertas contradicciones, incluso aberraciones, para que podamos distinguir entre lo que es bello y es feo. No pretendo aquí discutir criterios estéticos. Al que le guste el emparedado de poroto o la pizza de mariscos con brocoli, que Dios lo bendiga. Es su derecho.

Volvamos al tema de leer a profundidad. Cuando digo que me gusta leer a profundidad quiero decir que me gusta encontrar, en el caso particular de las ficciones, las cosas que están implícitas en el texto, esos códigos existenciales que el autor, al momento de escribir, en su estado de gracia, va añadiendo en la historia. Leo una historia para disfrutar del acontecimiento que viven los personajes y por lo regular siento cierto afecto hacia ellos. Me gusta identificarme con ellos y también discrepar con sus decisiones. Hay historias con personajes tan contradictorios que uno quisiera entrar en el libro para matarlos y hay otros tan frágiles que logran ser parte de uno.

En estos tiempos de pandemia, leer ha sido una disciplina que me ha servido para purgarme de la jerga del historicismo y de la ideología para gozar de la lectura como debe ser. Me he visto obligado a releer y a reencontrarme con el canon. He sacado de mi biblioteca mis joyas que me han hecho feliz cada vez que las leo. He leído cuentos clásicos de todos los continentes. No ha faltado la buena poesía. Pese a que he tenido tiempo suficiente para leer novelas, no lo he hecho con vehemencia. Solo Paul Auster y Marguerite Yourcenar han dormido conmigo. Y he conferido un par de horas para leer algo de historia: Paul Johnson me ha entretenido mucho. Por otro lado, he releído a mi crítico favorito, Harold Bloom, con una atención inusual.

Sobre Harold Bloom, quiero detenerme un poco. Bloom afirma, y quisiera reafirmarlo con él, que uno no puede mejorar directamente la vida de nadie leyendo profundamente. Afirma que no hay ética de la lectura. Estas conjeturas me costaron mucho tiempo resolverlas como lector. Cuando uno es amigo de los libros y la lectura, se empeña en creer tener la pócima mágica para la “esperanza social”; es decir, si logramos que los demás lean con la misma pasión que lo hacemos nosotros, habremos cambiado el mundo. Lamento decir que no es así.

Harold Bloom, con la ayuda de Bacon, Milton, Johnson (Samuel, no Paul) y Emerson, elabora cinco principios para el restablecimiento del sentido de la lectura; el segundo, dice: “No trates de mejorar a tu vecino ni tu vecindario por las lecturas que eliges o cómo las lees”. Pensaba Bloom que la superación personal ya es una empresa loable y que si logramos darle sentido a la lectura, podríamos iluminar a los otros. Leer, como construcción social, es una práctica sociocultural, pero también es más egoísta que social, porque leemos en soledad para poder tener un encuentro especial que le de sentido a la otredad.

Como lector y promotor de lectura, a veces como crítico y escritor, me he esforzado para que las personas comprendan que leer debería de ser una experiencia pragmática que nos ayude a organizar, desde la subjetividad, nuestro mundo y que, a la vez, nos ayude a encontrarle sentido a la realidad desde la imaginación y la creatividad.

La única ética de la lectura, se da cuando los mediadores de lectura entendemos que nuestro mayor placer no es la única vacuna para curar los males del mundo, pero sí es, sin embargo, un camino seguro para descubrir, dudar, cuidar, creer y construir, desde la creatividad, porque cuando leemos estamos reinventando desde el conocimiento. La moral del lector, si es que existe, es encontrar la llave para abrir la puerta que invita a otros al placer de la lectura, sin la obligación de entrar.

El autor es escritor


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