El Carnaval es una fiesta pública, que se celebra, regularmente, cada año entre los meses de febrero y marzo. Durante cuatro días se rompen las armaduras sociales y las religiosas, la fiesta del arranque es seductora y de poco control, los que van a carnavalear se arrancan para salir de los moldes oficiales para entrar a olvidar lo formal y lo social.
Podemos considerar al Carnaval como una estrategia festiva, de las sociedades occidentales cristianas. Los participantes activos son los individuos, de diferentes estratos sociales, que transgreden lo que oficialmente esta prohibido, la inversión de los valores sirve para despejar las tensiones, que se producen dentro de cada comunidad.
Vale la pena decir que, a pesar de las críticas y de los reproches conservadores, lo carnavalesco es una festividad, musical en donde no se oyen los ruidos que se llevan por dentro.
El Carnaval es un teatro al aire libre, que pone al mundo al revés; sus actores se toman el poder, se burlan de lo oficial, lanzan palabras que suenan como agujas, todos cambian de carril, cada uno busca construir su propia felicidad.
En consecuencia, podemos decir que el Carnaval es parte de la cultura popular, de la fantasía, de la imaginación y de la creatividad, que permite una conducta revolucionaria. La vida se concibe como parte del juego, alegre, que no necesita explicaciones.
Durante cuatros días, lo carnavalesco se celebra en lugares emblemáticos, que son refugios de los jóvenes, cada uno de los espacios generan reproches olvidando que el Carnaval y la música hacen vivir la vida.
En este sentido, las festividades de Momo son la esencia de una sociedad creativa, que se representa con el pregón “un país en fiesta”.
El último día, a medianoche, el pueblo guarda en su memoria la cultura de lo masivo, finalizado “el arranque”. Todos entierran el Carnaval para dar espacio a vivir lo místico. Ahora empezamos la cuaresma, lo opuesto al Carnaval.
La autora es historiadora