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Cultura

La herencia del incumplimiento

El desorden social que se nota en el diario quehacer tiene muchas causas y consecuentemente efectos en la convivencia, pero quiero en estas breves líneas exponer al lector las causas referidas a la cultura; relacionando cómo esta cultura del incumplimiento de las normas que produce tal desorden es una herencia que data de la colonia española, y que cinco siglos después no hemos podido eliminar. Esta herencia tiene raíces tanto históricas como religiosas, pero antes quiero expresar algunas consideraciones conceptuales al respecto.

Primero, es válido recordar que no existe un sistema único de reglas. De hecho, las tres más importantes son: el ordenamiento jurídico que sustenta el estado de derecho, las reglas morales y las normas sociales; lo jurídico tiene un tronco común en Latinoamérica, que sanciona con cárcel o multas, y las otras dos son particularmente similares en toda la región cuando las sanciones son culpa o vergüenza, y a veces, incluso, se nota la ausencia de estas auto sanciones.

Segundo, la acepción de que el desconocimiento de las leyes no exime de responsabilidad entraña la realidad de que no se trata de un desconocimiento puro y simple de las normas, más bien se trata de un acatamiento de estas normas, pero de forma condicional y diferenciado. Veámoslo así, aquellas normas fundamentales de primer nivel, como no matar, son generalmente cumplidas; pero las de segundo nivel, como robar, hurtar, pasarse una luz roja o usar el tercer carril, tienden a ser cumplidas solo cuando hay un grave riesgo de sanción; y las de tercer nivel que describen temas morales y cívicos, tienden a ser incumplidas sin reparo, por ejemplo: no tirar basura en la calle, libar licor o fumar en vía pública, exceso de ruido, menores en las calles a deshoras.

Tercero, a veces, son las propias normas que impulsan el incumplimiento por causa de falta de detalles en su diseño; como bien se dice en lenguaje popular en toda Latinoamérica, y el mundo: hecha la ley, hecha la trampa; las leyes son como la ocasión para el soborno, coima y corrupción.

Ahora bien, esbozo que la cultura de incumplimiento es una herencia de la época colonial en atención a que tuvieron una marcada influencia en la construcción de nuestra identidad y personalidad latina, de la cual no corremos. Y esto lo sustento en múltiples estudios históricos ya realizados, que dan cuenta de la ilegalidad en la colonia (García Villegas, 2017). De las leyes que dictaba el Rey de España, desde la península ibérica hacia las colonias españolas en América a sus autoridades delegadas, nació la expresión “se obedece, pero no se cumple” que terminó ganando un valor de conciencia colectiva; estas leyes eran refutadas abiertamente en América por quienes estaban obligados a hacerlas cumplir por la dicotomía de realidades entre ambos territorios; según ellos, las órdenes del rey eran injustas (bajo su criterio conveniente) y estaban en contra de los intereses locales. Así entonces, reconocían la autoridad del rey obedeciéndole, pero no cumplían sus disposiciones, dando inicio a esa cultura de incumplimiento.

Además, el poco emprendimiento de la burguesía restringió, desde el siglo XV hasta finales del XVIII, un comercio abierto de las riquezas que llegaban a España y entre las colonias, lo que favoreció en consecuencia el contrabando en una infinita red de negocios ilegales. Por ejemplo, en Panamá en el año 1,642 se señala que más del 80% del comercio era producto del contrabando y, por la misma época, una autoridad de Perú reportaba que por cada mil toneladas de mercancía legal, otras 7,500 entraban de manera ilegal (Crown, 1992, p. 181); una muestra de la época de la frase ‘hecha la ley, hecha la trampa’.

Por otro lado, otra raíz de la propagación del incumplimiento en las colonias fue la inconsistencia relacionada a la cohesión familiar defendida en España por la iglesia y la monarquía, condenando el adulterio y amancebamiento; pero en la práctica esto era común. En Chile, por ejemplo, los sacerdotes dejaban gran parte de herencia a los hijos ilegítimos, en vez de las arcas de la Iglesia, por lo cual, el rey debió tomar cartas en esos asuntos. Esto fue una práctica de lo más común en todas las colonias. En la Europa del siglo XVII, los hijos bastardos solo llegaban al 5%, mientras que en las colonias españolas esas cifras llegaban hasta el 45% (Rubio, 2007, pag. 483).

Como podemos razonar, los primeros incumplidores y promotores del incumplimiento fueron los propios españoles que, lejos de la supervisión real de sus autoridades, dieron paso al libre albedrío en sus actuaciones, contaminando, por decir una expresión, a los indígenas y mestizos que poblaron esta región; naciendo así en la cultura latinoamericana esos personajes famosos que todos conocemos, o quizás somos uno de ellos: el vivo, el rebelde, el arrogante, el desamparado, y quizás puede usted lector anotar algunos personajes más.

El autor es magister especialista en seguridad y derechos humanos


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