Las heridas de una invasión no cicatrizan, se profundizan con el tiempo. Querer borrarlas de las memorias del alma no se logra con esconderlas al conocimiento de las nuevas generaciones, es imposible, ruin, inconsecuente y antipatriótico. Contra este pequeño, alegre y desprevenido pueblo sentimos que se cometió un crimen imperdonable en 1989, cuando, además, fue el regalo a toda una población pacífica y generosa en días del nacimiento de Jesús. Fue la culminación de un proceso de extorsión que, a la vez servía de laboratorio para otras actuaciones militares. Así lo demuestran los hechos con “desclasificaciones” extemporáneas o sin ellas.
Este país era gobernado por un militar formado y dependiente del país invasor, que se les rebeló. Un país que era, y es, imposible que constituya un peligro para la seguridad nacional de la mayor potencia del mundo. Ningún país americano tiene la capacidad para ser un peligro de ninguna naturaleza para los Estados Unidos. Eso solo cabe en la mente de un estúpido mal intencionado, o para ser utilizado como pretexto para otras acciones. Los panameños además sufrimos otro hecho criminal que precedió a la invasión y lo fue las “sanciones” que, en materia económica no solo estrangulan a un país, sino que sus consecuencias afectan toda la vida nacional al impedir contar con los recursos para servicios de salud, alimentación, educación y todo cuanto signifique derechos a la vida.
Estas “sanciones” ilegales, ilegitimas e inhumanas sumieron a toda la población de este país, noble e indefenso, a sufrir todo tipo de precariedades y pérdida de vidas. Luego, la invasión militar impuso su cerco de fuego y prueba de armas nuevas para la guerra. Vidas inocentes fueron inmoladas como laboratorio sin que hasta hoy se sepa cuantas fueron, sin contar heridos, desmembrados, afectados sicológicos y un país fue destruido. Todo esto constituye una prueba contundente de cómo se impone el dominio geopolítico en el mundo. Mientras, continúa acumulándose la riqueza en pocas manos y la pobreza muestra un crecimiento del 30.5% en los últimos 15 años a nivel mundial. Los hechos que lo demuestran están a la vista en América Latina, África y Medio Oriente. Que Panamá ha ido renaciendo, sí, gracias a sus grandes mayorías de gente silenciosa y posición geográfica. No obstante, muchos siguen alzando sus voces por sus seres queridos sacrificados a pesar de que ninguno de los gobiernos post invasión, hasta hoy, se haya atrevido a reclamar alguna forma de justicia, a pesar de que las vidas sacrificadas y los daños nunca podrán ser reparados.
Solo 30 años después, el actual gobierno se atreve a dar pasos para declarar, al menos, el 20 de diciembre Día de duelo Nacional. No se ha visto una columna escrita por “periodistas” o “escritores” de cuello blanco que hayan sido capaces de reflejar el dolor que causó y causa esta tragedia o para reclamar justicia. Pero sí he leído a algunos alabarderos de los que aludo, rindiéndole tributos al desparecido ex -presidente Bush y a su hijo, como también se escucha a algunos que justifican la invasión como causa justa con un resarcimiento que más parece una ofensiva limosna. Allá ellos, sus conciencias y justificaciones.
Lo cierto es que las heridas continúan abiertas a pesar de que a las juventudes se les sigue negando conocer la verdadera historia, lo cual es un deber del Estado. Paz a las almas de los mártires inocentes del 20 de diciembre de 1989 en Panamá.
El autor es periodista y analista internacional