No había pasado ni una semana del levantamiento de la cuarentena cuando, en una conferencia de prensa sin ministra ni presidente, se anunció su regreso. La Nueva Normalidad tendría que esperar un rato más.
Los comentarios llegaron enseguida: que cómo era posible, que cuánto más habría que aguantar, que todo era culpa de la irresponsabilidad de 'el panameño', que no sabe o no quiere mantener distancias. ¿Y cómo no sentirse así? Desde que se levantó la cuarentena hasta que se reinstauró, los medios se dedicaron a mostrar imágenes de personas apiñadas en paradas de buses, o caminando en multitudes por la Cinta Costera. Lo cierto es que sí, hemos vuelto a la cuarentena por irresponsabilidad - la irresponsabilidad de nuestro gobierno, que parece estar improvisando en cada paso de esta pandemia y no nos ha podido cuidar.
Aquel plan coordinadísimo para afrontar a la Covid-19 de manera proactiva, siguiendo lineamientos internacionales con base en la epidemiología, parece que se convirtió en un conjunto de decisiones reactivas y opacas, con el principal propósito de salvar las apariencias. La cuarentena tenía mucho sentido al principio, cuando no se detectaban tantos casos al día y no entendíamos bien el comportamiento del virus. Tenía sentido, también, que medidas tan restrictivas traerían dificultades económicas para el país, por lo cual era entendible que se adquiriera deuda para afrontarlas. En una economía con casi 50% de informalidad, en la que tantos trabajan como pueden para satisfacer sus necesidades del momento, era imperativo que ese dinero le llegara directamente a la gente, preferiblemente a manera de renta básica universal (RBU) como se ha hecho en otros países, para asegurar que nadie tuviese que salir a buscar el pan. RBU, acompañada por una moratoria general de todo servicio y responsabilidad bancaria, hubiese sido la receta perfecta para que fuese efectivo el #QuedateEnCasa.
¿Y qué pasó? Se adquirió una deuda de casi 4 mil millones de dólares de la cual ni un 1% le llegó a la población general. La aplastante mayoría de la deuda se utilizó para pagarle a los bancos - cuando la mitad de la población no está bancarizada - y para cubrir el déficit fiscal sin ofrecer maneras sostenibles de reponerlo a futuro. En conclusión, el pueblo terminó con la versión pirateada del combo de oro: un bono de 80 dólares prostituido por politiquería, aparte de ser violentamente insuficiente, y una moratoria pactada entre los bancos mientras nos cobran fortunas de más por la luz y algunos ciudadanos se quedan sin hogar.
Sin ayuda suficiente empezó el hambre, y con el hambre se hizo necesario salir. Eventualmente empezaron los reportes de cuánta gente se estaba saltando la cuarentena, siempre sin matizar, siempre sin buscarle un por qué - achacándolo siempre a la irresponsabilidad de 'el panameño'. Se regalaron medio millón de salvoconductos, y se cancelaron las ruedas de prensa diarias, y al darse cuenta que no podían cumplir con su responsabilidad de protegernos, el gobierno empezó a abrir el país. Mientras los nuevos casos de Covid diarios subían y subían nos abrieron las puertas para que nos valiéramos por nosotros mismos. Y cuando salimos nos encontramos con que en dos meses de encierro ni siquiera habían hecho adecuaciones a la infraestructura para el tan necesario distanciamiento social - seguimos teniendo aceras escuálidas, un servicio de transporte público deficiente y espacios de esparcimiento limitadísimos. Como leí en tuiter, lo único nuevo que tiene esta normalidad es que estamos más po bres. Y ahora nos devuelven a la casa porque 'nos portamos mal'.
A todos nos gustaría evitar el contagio. Por decirlo de manera coloquial, nadie va a dejarse contagiar por pendejo. Los números de contagiados suben cada día porque miles de panameños se ven obligados a valerse por sí mismos, a salir a ganarse el pan. Así que la próxima vez que veamos crecer las cifras de nuevos casos de Covid o veamos una imagen de familias caminando apretadas por la Cinta Costera recordemos como llegamos hasta aquí: por la irresponsabilidad de el gobierno Panameño.
El autor es economista