Hay una modalidad de la libertad que tiene un lugar especial en la prosa de los grandes cronistas de las épocas pasadas, ese suspiro vital que reglamenta la evolución natural de los pueblos, un sentimiento intrínseco que guía a los individuos que padecieron la vergüenza de la colonización y la transgresión sistémica y caprichosa de un tirano al otro lado del Atlántico hacia un destino común.
Su nombre es autodeterminación, según la RAE, la autodeterminación es la decisión de los ciudadanos de un territorio determinado sobre su futuro estatuto político. Coincidentemente nuestra Latinoamérica vive un periodo de conmemoración de aquellas gestas centenarias que nos aseguraron la independencia del lastre de la subyugación de las coronas europeas.
En ese sentido, una nueva república se asoma al complejo acontecer geopolítico de nuestra región. Barbados destituyó recientemente a la Reina Isabel II, quien regía la jefatura de ese Estado, y convocó sus primeras elecciones como país independiente en su historia.
¿Qué relevancia tiene el surgimiento de un nuevo Estado en pleno siglo XXI? La respuesta parte de entender los lazos coloniales que tenemos en común, pero reconociendo y superponiendo la idiosincrasia de cada grupo humano. Barbados es una isla de las Antillas Menores que recibió a Cristóbal Colón en su primer viaje a América, y luego fue convertida en colonia británica en el siglo XVIII.
El historiador de la Universidad de las Indias Occidentales Henderson Carter comenta que Barbados fue una de las primeras colonias esclavizadas por Inglaterra cuando ocupó el territorio en 1627, rápidamente la potencia europea implantó un sistema económico basado en las plantaciones de azúcar que la forjó como una sucursal de la esclavitud en medio del caribe.
Pese a su independencia en 1966, los ciudadanos experimentaron una suerte de gobierno relativamente autónomo, porque la Constitución en la práctica demandaba más lealtad a la Reina de Inglaterra que alguna autoridad legítima barbadense. La expoliación del alma de los individuos de una nación politizó a toda una generación.
Carter añade que: “esto no se hizo por capricho, ni de forma apresurada. Durante mucho tiempo hemos estado haciendo cambios para descolonizar nuestra sociedad”. El camino hacia la descolonización es el mismo que inspiró a grandes tratadistas del pasado, cuando el Antiguo Régimen expresado en las monarquías absolutistas conspiraban contra toda forma de reivindicación social, individual y cultural.
Grandes cambios han surgido inmediatamente en el seno de la joven nación, el primero y más importante, el estandarte de la reina ha sido reemplazado por el presidencial, y su primera mandataria es Sandra Mason. El hogar de la lideresa se convertirá en la Casa de Estado, y no de gobierno.
Además, el adjetivo “Real” será abolido de todas las organizaciones, dependencias, órganos, y cuerpos del Estado Barbadense, todas las pinturas y artículos conmemorativos de la Corona Británica serán llevados a museos, como una prueba de la determinación de los más de 200 mil habitantes y sus representantes.
Es muy importante resaltar que la consolidación del aparato gubernamental autónomo es acompañada por un movimiento creciente de restauración a las víctimas de las injusticias perpetradas durante la administración colonial.
Los símbolos del proselitismo monárquico son relevados por los principios de la República, cuya consigna es el respeto irrestricto a los órganos de balance y contrapeso.
Finalmente, el gobierno de Bridgetown se une a la lista de países que avanzan hacia la era del multilateralismo dejando atrás la sumisión y sujeción, mientras que, convierten su legado en puente hacia una eventual reconciliación. Barbados se constituye como un ejemplo de valentía, espíritu y altura política en una región que constantemente nos recuerda la importancia de no solo celebrar la Democracia sino preservarla.
El autor es amigo de la Fundación Libertad
