El acercamiento primario que deben tener los niños a la literatura infantil en el centro escolar, ya sea el parvulario o los llamados centros de atención infantil, debe ser una suerte de invitación que incorpore al espacio escolar el universo y el imaginario de los cuentos y la poesía infantil como una experiencia de vida, no necesariamente pedagógica. Acercarlos al acto de leer debe ser un momento de ilusión lúdico que despierte un verdadero gusto por la lectura. La intención de usar la literatura únicamente para enseñar, aunque sea con buenas intenciones, puede provocar el rechazo o el miedo, que es lo contrario a despertar la curiosidad y el afecto por los libros.
Una propuesta didáctica puede acercar a los niños a la lectura sin tener la necesidad de ser una trampa para aprender. La práctica docente desde el preescolar debe estar orientada a construir una relación de afecto entre el niño y el libro. En el fondo, esa relación no dejará de ser pedagógica; sin embargo, sin centrarse en velar por la calidad basada en forzar al niño a entender o comprender, sino en estremecer en su interior la creatividad, la reflexión y el pensamiento que lo ayuden a comprender su entorno, su relación con el mundo y la naturaleza. La calidad del aprendizaje radica en saber navegar en los bordes del pensamiento.
Leer es un derecho que tienen todos los niños. Un derecho que se teje con otros derechos universales de los niños: el derecho a la vida, a la educación, a la libertad de expresión, a la justicia, a la paz; esto es así porque la lectura es como un eje transversal que conecta con muchas otras esferas del conocimiento y es un espacio de construcción. La lectura es un derecho que ayuda a los niños a saber pensar. Saber pensar no es solo resumir, analizar, comprender, evaluar, aplicar, inferir, memorizar, relacionar, comparar, entre otras rutinas del pensamiento que seguramente se activan con tan solo leer o escuchar un cuento; saber pensar también es construir sentidos a partir de una relación subjetiva entre el pensamiento y los sentimientos.
Al comienzo hablé del afecto y la curiosidad que los libros deberían provocar. Un libro es un objeto fascinante para un niño. Tal vez el libro es lo más fascinante que descubre en sus primeros años. El encuentro primigenio de un niño con un libro es una declaración de amor y una ocasión que es un sello mítico en la vida de un niño. No sé si todos recordarán la primera vez que tuvieron un libro de cuentos en las manos; lo más seguro que no, porque tal vez eran muy chicos. Yo sí puedo recordar con felicidad la primera vez que me encontré con un cuento, al menos es el recuerdo inmediato que ha quedado en mi vida como un sello mítico, quiero decir que es un momento consignado en mi memoria que al cerrar los ojos y lo evoco es como un estado de gracia. Creo que esa sensación es un atributo de la lectura en la primera infancia.
Sin embargo, no siempre entendemos el pensamiento y su importancia en el imaginario infantil y nos preocupamos demasiado en enseñar a los niños en vez de brindarles la posibilidad de tener una experiencia con la literatura que los ayude a ser felices, que es el primer paso para ser mejores personas. Creo que hay que romper el paradigma de que los cuentos son instrumentos para aprender la realidad. Es un mito contrario al mito sagrado que despierta el amor por la lectura. La lectura y la escritura deberían de ser cómplices, aliadas y guías para ayudar a los niños a crecer y para prepararlos para defenderse, porque los niños también tienen el derecho de reconocer los peligros y las amenazas en la vida. No todos los cuentos terminan diciendo “y vivieron felices para siempre”.
María Cecilia Fierro Evans y Regina Martínez Parente Zubiría escribieron hace muchos años un pequeño y modesto manual para educadoras, que se llama “Cómo impartir un taller de lectura en el preescolar”. El libro es una propuesta didáctica que sus autoras justifican así: “es una ocasión para experimentar que leer y escribir tiene sentido como parte de la vida misma y no solo como una tarea escolar”. El libro es una oportunidad de crear encuentros y espacios poéticos diferentes con la lectura y enseña (aquí el verbo enseñar tiene mucho sentido) a tocar, a explorar, a escuchar, a jugar, a expresarse, a observar, a describir, a inventar, a contar y a crear; es decir, a pensar.
Existe una amplia bibliografía de literatura infantil para niños. Mucha de esta literatura a veces es inquietante o contiene temas tabúes que los maestros y padres rehúyen por temor a encontrarse con una situación incómoda que, por lo regular, los limita solo a mirar el acervo de cuentos maravillosos que también son valiosos. De hecho, los cuentos maravillosos contienen cierta literatura sapiencial que puede servir para comprender el mundo. Son cuentos que transmiten valores universales y que, con algo de creatividad, pueden ser útiles para muchos propósitos.
Sin embargo, no debemos tener miedo a aquellos cuentos que a veces tocan temas sensibles y escabrosos o más estrechamente relacionados con la vida actual. De pronto son cuentos que tocan el tema del divorcio, el bullying, el maltrato, la identidad, los miedos, las enfermedades, los prejuicios, la discapacidad, las adicciones, los roles, los defectos; incluso, la muerte. Son esos cuentos que se adentran en la otredad para intentar visualizar al otro, al marginal, al abandonado, al olvidado, al que parece estar al margen de otro mundo que es nuestro mismo mundo. Ese tipo de literatura infantil también es una mirada a la que los niños tienen derecho y no se les debe privar. Podemos tener la plena seguridad de que ellos serán mejores personas y que estarán listos para confrontar la vida sin los mitos y los tabúes que no permiten comprenderla.
El autor es escritor


