La pasada semana, Rubén Blades recibió la Medalla de Oro al mérito en Bellas Artes en España, de manos de Felipe VI, en una ceremonia con los fastos robados por la pandemia. Otro merecido reconocimiento al otro Rubén centroamericano (el máximo es Darío), que nunca deja pasar la oportunidad de poner en valor el talento panameño, siempre por encima o a pesar de los gobiernos.
La obra que ha ido construyendo Blades con inteligencia y oficio, es ya patrimonio de todos, y va pidiendo un acercamiento académico y crítico que la ponga en diálogo con las circunstancias de su aparición e influencia en los momentos históricos que amenizó. Porque más allá de la gozadera salsera está la mirada crítica de nuestra circunstancia.
Rubén dijo que estaba, como muchas veces ha manifestado, “representando a la clase artística de Panamá y Latinoamérica”, y qué bien que, en estos momentos tan nebulosos para nuestra gestión cultural, una luz que viene de hace casi medio siglo, nos represente y destaque por encima de las instituciones. Al arte hay que venir llorado y con un callo por piel, pero siempre es bueno ver un estímulo como este.
El mensaje es sencillo: siembra. A pesar de la Educación patria, a pesar de la Cultura ministerial o de las circunstancias, siembra. El éxito es un necio persistir sobre el arte que queremos desarrollar. Las derrotas vienen cuando la lloradera y el lamento bochinchoso y envidioso consume nuestra energía. Crear es una constancia contra nosotros mismos.
A Rubén hay que leerlo en clave artística, es la mejor manera de evitar que su legado se pierda por el sumidero de la política, que es donde muchos quieren situarle, buscando en él una solución mágica e inmediata a todos los males que nos persiguen desde hace tiempo. Mejor disfrutar de su música, reflexionar en sus letras. Allí encontraremos al artista. Al político, si viene, le aplicaremos el optimismo crítico. Como a todos.
El autor es escritor
