El término meritocracia proviene del latín merĭtum, cuyo significado es “debida recompensa”, a su vez del latín mereri, que significa “ganar y/o merecer”, y el sufijo cracia del griego krátos o, κράτος en griego, “poder y/o fuerza”. Es decir, el poder o influencia que ejerces en la sociedad, se da en relación al mérito que acumulas y este se da en base al esfuerzo y talento que cada uno invierte en pro de su propia productividad.
Históricamente, la meritocracia ha sido un elemento fundamental en el desarrollo socio económico y la generación de riqueza en las sociedades más exitosas de la humanidad. Son las sociedades y organizaciones que premian e incentivan el mérito las que mayor desarrollo alcanzan, y no las que lo castigan o ignoran. Hoy día vivimos una intensa ola progresista de propuestas que ubican el género, color de piel, orientación sexual o nacionalidad de un individuo por encima de su mérito al momento de ser considerado para una posición, sea sector público o privado. Esto, con el objetivo de cumplir una cuota a través de la fuerza, en lugar de priorizar los objetivos de la organización. Esto es peligroso cuando hablamos del sector público, ya que no estamos posicionando a los mejores a impartir justicia o administrar los fondos de los contribuyentes, y es errado en el sector privado, ya que va completamente en contra del objetivo de una empresa, que es ejercer el mejor uso posible de los recursos disponibles para obtener el mayor retorno posible. Debe ser tu mérito, trayectoria, talento y cuota de esfuerzo la que te posicione en la sociedad.
A lo largo de mi carrera en el sector privado, he tenido la oportunidad de pertenecer a equipos de alto desempeño y diversidad y, en todos los casos, al menos a mi entender, fue el mérito de cada integrante el que les permitió estar ahí. Y el resultado de estos equipos fue sobresaliente en materia de alcanzar los objetivos. En la actualidad, formó parte de un equipo donde el 75% son mujeres; en ninguna instancia del proceso de reclutamiento, fue relevante el género. Lo que sí fue relevante fue su actitud y su visible proyección de cuota de esfuerzo y compromiso.
Si pones el mérito por encima del género, color de piel, orientación sexual o nacionalidad de un individuo al momento de conformar tu organización, garantizo que el resultado será más diverso de lo que imaginas. Y no necesariamente cumpliendo cuotas de género o color de piel, sino una enorme diversidad de talentos y cualidades que hacen de cada persona única, independientemente de estos factores.
El respeto a las minorías es precisamente eso: valorar, reconocer y premiar su mérito. A los que luchan por superarse, independientemente de su origen y condiciones en las que llegaron al mundo (cosa que nadie controla), no les gusta que se les trate como niños, sino como lo que son, adultos capaces de perseguir su felicidad en un mundo donde la libertad del individuo sea respetada, y que algunos no caigamos en la fatal arrogancia de creer que somos los ungidos de Dios, con derecho a decidir por los demás.
El autor es empresario

