Un grupo de mujeres se manifiesta en la calle. Exigen sus derechos golpeando ollas vacías ante el edificio de la Contraloría. Es una “marcha-performance”, y las redes sociales se tiñen de morado en la fecha y hora señaladas. Vestidas de negro, toman el escenario, levantan la voz y exponen su queja. El público escucha y sentencia.
La metáfora de las ollas revela un síntoma preocupante: pérdida de la capacidad de comprender el sentido figurado. No entendemos bien una puesta en escena, ni lo que leemos, ni lo que otros dicen. “Las ollas vacías”, la incomprensión de ellas, puesta por escrito en redes y escuchada en otros medios, manifiesta el envilecimiento de nuestra sociedad.
Podemos discrepar desde una comprensión respetuosa del otro ni enemigo, ni amigo, y es aquí donde nos hemos perdido hace tiempo. El desprecio a las ollas vacías, que representan el pan ausente, los derechos ausentes, el futuro ausente e incierto, no es otra cosa que la constatación del agravamiento cultural y moral de nuestro país. Una vez más, esta bendita pandemia pone sobre la mesa lo que siempre hemos sido. Y no saldremos mejores de ella, seremos, irremediablemente, los mismos.
Recuerdo las ollas vacías, cómo sonaban cuando la consigna era en blanco y contra una dictadura. Y no había consenso tampoco en aquellos días urgentes, pero se entendía perfectamente la metáfora. Salir a la calle, olla en mano y de blanco era también una puesta en escena, pero los odiadores ignorantes no tenían el altoparlante de las redes sociales.
Vayan al teatro, lean libros, asómense a la poesía. Comprendan primero y discrepen después con respeto inteligente y beligerante, porqué no. Si no recuperamos la comprensión de las metáforas moriremos de literalidad, que es la antesala del dogmatismo, y el caldo de cultivo de las dictaduras de cualquier signo político, ideológico y religioso. ¿Será que las ollas vacías de estas mujeres valientes representan conciencias vacías que hay que despertar? Me parece que sí.
El autor es escritor