Según la US Census Bureau de los Estados Unidos de Norte América, la población panameña, con más 60 años alcanzará para 2050 un 12%, lo cual en cifras absolutas, será más de 1 millón 300 mil personas. Y aunque el año en referencia dista 30 años del presente, queda claro que todos los panameños que tienen actualmente 31 años estarán incluidos en dicha cifra.
No debemos ver esta cifra como un problema, a menos que desde ahora, este y los gobiernos que le sucedan, establezcan políticas públicas de largo alcance para aprovechar el potencial de conocimientos y experiencias acumulado por esa importante cantidad de personas. Los servicios sociales, tales como una jubilación digna sostenible, salud preventiva, agua potable, medicamentos de calidad, servicios de apoyo a la movilidad reducida, atención eficaz a las personas con discapacidad y actividades recreativas y deportivas, tendientes a mitigar los efectos de la depresión y las enfermedades neuro degenerativas y los necesarios costos de atención asociados a esta edad.
La visión de Estado en esta materia va en favor de gestar un país que, con el paso de unos años, cambie la perspectiva y las actitudes hacia ese segmento de la población. Quizá este sea un factor a prestar tanta atención como lo ha de ser la infraestructura para prestar servicios sociales de calidad. La tendencia a aumentar no cesará, pese al descuento natural de los decesos por año. En una proyección temeraria, se podría plantear que para la década de 2060 todos los jóvenes nacidos en la primera década de este siglo (2000-2009) alcanzarán los 60 años, con lo cual, la cifra absoluta de panameños en esa edad frisaría el 1.8 millones.
Una perspectiva hacia el futuro conlleva la generación de planes de acción basados, definitivamente, en la proyección de las demandas sociales que esta población estaría requiriendo para el goce de salud y calidad de vida.
No hay que ahondar mucho para advertir que hoy los adultos mayores de 60 años, en un porcentaje considerable, no disfrutan de los servicios y condiciones de vida que se esperaría recibiesen. El abandono, los malos tratos, las actitudes descalificadoras; la deficiente alimentación, la falta de una cultura de nutrición sostenible, las enfermedades propias de la edad adulta mal atendidas y el desprecio filial son elementos de un perfil desafortunado. Si a estos aspectos añadimos la permisividad de las autoridades, en lo que se refiere al cumplimiento millonario del pago de la cuota de seguro social, el pronóstico de una agria y deprimente soledad se perfila asegurada.
Es el momento de sentar la estrategia y las acciones específicas para darle un giro al panorama actual; esos casi dos millones de panameños que en la década del 60-70 pasarán a las filas de los abandonados, tristemente solos y desvalidos de una protección social, debe contar en la agenda de este y todos los gobiernos sucesivos. Dicho sea de paso, esa carga en el presupuesto del Estado obliga a llamar a la justicia a todos los corruptos y ladrones que restringen desde ya la posibilidad de mantener la calidad de vida de las generaciones actuales y futuras.
El autor es psicólogo docente universitario