Existe gran sinsabor por la noticia que nos muestra el resultado de las pruebas PISA. Lo curioso es que nos damos por sorprendidos como si haciendo lo mismo por décadas buscáramos tener resultados diferentes. Por desgracia no, la sorpresa no vino con buena nueva. Obtuvimos el resultado que obtienen quienes viven sin norte sobre su sistema educativo; el que corresponde a quienes copian modelos de cada país sin contextualizar los diferentes escenarios que caracterizan al nuestro.
Constantemente en mis escritos hablo sobre el fracaso del sistema de las escuelitas privadas manejadas como fincas personales y para el lucro de unos cuantos; del negocio de los libros de texto y los uniformes, y de la desidia y el desamor que gobierno a gobierno derrochan en la cara de nuestros niños y de nosotros, sus padres. Pasan los años, los quinquenios, las décadas y nuestra sorpresa es obtener el mismo resultado.
PISA son las siglas de Programme for International Students Assessment, que en español se traduce como Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, mejor conocida como OCDE, es la que lleva a cabo el estudio. La finalidad de estas pruebas no radica en evaluar a los jóvenes de manera cuantitativa, sino hacer un análisis de la situación del sistema educativo y de esa misma manera la impulsión de su mejora. Esta evaluación se efectúa cada tres años a estudiantes de 15 años en las competencias de lectura, matemáticas y ciencias naturales.
Todos los países latinoamericanos obtuvieron una calificación menor a los demás países miembros de la OCDE. Eso, por supuesto, no quita un ápice de peso al gran problema estructural y profundo que tiene la educación panameña para resolver.
Es difícil dejar la pasión de lado cuando se es padre de dos niñas cuyo futuro es incierto. No basta tener a mano la explicación científica; no es suficiente ser un chico más que reprobó en el barrio latino. En el largo camino de nuestra construcción democrática como país, hemos ido desechando cosas esenciales dentro de nuestro sistema educativo. El aspecto psicomotriz, la recreación, la artística, la música, la educación física, cívica y moral, entre tantas otras materias, dejándolas en el mejor de los casos como secundarias, optativas o de relleno. En su lugar, nos hemos anquilosado en ofrecer a las pequeñas mentes creativas y libres de nuestro país, un enfoque cuadrado y centrado en preguntas y respuestas que marchita desde temprana edad las demás inteligencias por desarrollar.
Marchitamos el hemisferio cerebral derecho y nos concentramos en un hemisferio cerebral izquierdo que no puede crecer si no existe un balance en ambas partes.
Somos un país que no planea el futuro. Nos hemos acostumbrado a tratar los temas más tangenciales de nuestra propia identidad, como si de barcos atravesando el canal se tratara.
Somos un país transitista. Nos hemos olvidado de lo hermoso de la formación y la estética de la educación y he ahí el producto. Vemos el promedio pero no medimos el impacto de ese aprendizaje sobre la vida de ese alumno. Nuestros niños saben recitar todo lo que se les enseña, pero muy probablemente no sepan para qué sirve ese conocimiento y de qué manera pueden conectarlo con un mundo globalizado, en una era caracterizada por el exceso de información. Todo conocimiento que no sea vinculante o circundante con nuestra realidad frente a otra, tiende a desecharse y a desaparecer.
Nuestra caída es estrepitosa. Y no es solamente por tener un aparato educativo obsoleto, sino de una población con visión de túnel. Quitamos la envestidura de respeto y honorabilidad hacia los docentes; restamos tiempo de calidad y de formación en casa a nuestros hijos; desechamos los juegos tradicionales; aceptamos programas, música, videos, juegos que van en contra de los valores que luego les exigimos tener. Perdemos el control sobre el uso de la tecnología; no los supervisamos y dejamos que ellos decidan, perdiendo la oportunidad de sentar bases de respeto y jerarquía.
No hay tiempo para criar. Pagamos y que otros lo hagan; delegamos y que la escuela decida; nos hacemos los ciegos y dejamos que los gobiernos sigan, año tras año, diciéndonos que no vamos a llegar a ninguna parte. Que no esperemos ninguna sorpresa buena.
Ahora hablamos de qué hacer para llegar a ser Singapur, cómo igualar a Finlandia, cómo vivir igualito que en Canadá. No es malo aspirar, no es malo medirnos con otros modelos; al contrario, es sano, meritorio, proactivo, pero no esperemos milagros sin hacer nada. Entonces vamos a replantearnos desde casa y desde nuestra propia conciencia el tipo de legado que deseamos para nuestras futuras generaciones. El hábito de la lectura, la maravilla de jugar bajo la lluvia, compartir con los hijos una tarde de juegos de mesa, enseñar a tocar un instrumento también es educación. Inspirar a la juventud es nuestra labor y más arduo reto.
Nelson Mandela, en una de sus maravillosas frases, dijo: “la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.
Vamos panameños, exijamos buenas escuelas, involucrémonos en la educación de nuestros hijos. Demos pequeños pasos para lograr ese desarrollo que admiramos en otros. Por nuestros hijos, todo esfuerzo siempre será poco.
El autor es ‘coach’ de liderazgo y facilitador motivacional
