Casi cualquier persona con un mínimo conocimiento sobre ejercicios y entrenamiento sabe cuál es la clave para mejorar las condiciones físicas. Pero, ¿sabe usted cómo optimizar el funcionamiento de su cerebro? ¿Cómo ralentizar el deterioro cognitivo asociado con la edad?
Durante los últimos años, una cantidad importante de estudios científicos han aclarado qué puede una persona hacer para mantener la función y rendimiento de uno de los órganos más complejos de la naturaleza: el cerebro humano. Algunas de las actividades son un tanto obvias y responden al adagio que reza: “lo que no se usa, ¡se atrofia!” Por lo que poner a trabajar el cerebro a través de la lectura, aprender un nuevo idioma o ejercitar la mente haciendo sudoku o jugar al ajedrez, tiene evidencia favorable en la preservación de las facultades intelectuales.
Pero mucho más sorprendente son algunas de las otras cosas que uno puede hacer y que inclusive pueden contribuir aún más a la salud mental. El ejercicio físico regular, como caminar, correr o hacer deportes, curiosamente, no sólo mejora la salud física, sino que tiene evidencia clara de preservar y mejorar la función del cerebro. Y en opinión de algunos expertos, es lo más importante que podemos hacer. Razón tenía el poeta Romano Juvenal, cuando escribió en latín clásico: “mens sana in corpore sano” (mente sana en un cuerpo sano).
Lo segunda clave es tener un propósito en la vida, algo que nos haga levantarnos cada mañana con entusiasmo, sea éste nuestro trabajo, una afición, el arte o cualquier otra actividad que genere nuestro interés y pasión. Es el famoso “ikigai”, que explica en parte la longevidad y vitalidad de personas centenarias en ciertas regiones de Japón. “Iki”, en japonés, significa vida, y “gai”, valor. Es el tener algo por qué vivir y por qué luchar cada día.
Otro aspecto importante para la estabilidad cognitiva es la riqueza de nuestras relaciones con otras personas. Es clave tener y compartir con amigos y familiares, pertenecer a grupos sociales e interactuar con otra gente. El aislamiento social, la pérdida de un ser querido y la soledad son ingredientes para un deterioro rápido de nuestras condiciones intelectuales.
Muchos quisieran creer que el tomar alguna pastilla cada mañana puede hacer que nuestro cerebro funcione mejor. Desafortunadamente, no existe evidencia científica sólida que ningún suplemento, ni los famosos “nootrópicos” u otras intervenciones farmacológicas, ayuden significativamente, a menos que la persona tenga un diagnóstico psiquiátrico específico, como depresión, ansiedad u otro trastorno para el cuál existan tratamientos concretos. Dicho esto, es importante aclarar que existe un mercado de miles de millones de dólares en productos y suplementos nutricionales que afirman, sin evidencia, ayudar a la memoria, a la función cerebral y a prevenir la demencia, entre muchas otras cosas.
Por otro lado, tampoco se ha probado científicamente que haya un alimento específico para el cerebro. No hay evidencia que la ingesta de uno u otro alimento realmente garantice una mejora en la función cerebral, pero sí hay evidencia abundante que mantener una dieta y un peso saludable contribuyen a la salud general y a la actividad mental. Evitar los azúcares refinados, las grasas saturadas e incluir dietas ricas en fibra, hojas verdes, frutas (no jugos de frutas), semillas y pescados, y evitar la ingesta de alcohol, puede contribuir a la correcta “alimentación” de nuestro cuerpo y, por ende, de nuestro cerebro.
Otros ingredientes esenciales para la función mental son dormir el número adecuado de horas, descansar y relajarnos. La falta de sueño, el estrés y la ansiedad son claramente deletéreos para nuestro procesador neuronal. Y aunque la evidencia está en franco desarrollo, la meditación y el llamado “mindfulness” o atención plena son prácticas favorables para el equilibrio y la agudeza mental.
El mantenerse estudiando y aprendiendo durante toda la vida, el salir de nuestra zona de confort y emprender actividades nuevas, son también herramientas para mantener esas buenas condiciones mentales.
Finalmente, y aunque no exista una plétora de estudios científicos, el vivir agradecido por lo mucho o poco que tenemos, el demostrar a diario esta gratitud, el ser compasivos y llevar una vida al servicio de otros, quizá no nos haga mucho más inteligentes, pero al menos si mucho más felices.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas.

