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Las asechanzas de la pandemia

Las asechanzas de la pandemia
Vistas de la ciudad de Panamá. LP Gabriel Rodríguez

Parece natural que luego de mencionar muy por encima las oportunidades de la pandemia (La pandemia de Covid-19 y sus oportunidades, 9 de enero 2022, La Prensa), abordemos con la misma superficialidad sus asechanzas. Si en las líneas que siguen incurro en alguna apreciación ofensiva le ruego a quien se dé por aludido que no me culpe a mí, personalmente, sino al año nuevo que puede ser mal consejero.

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La pandemia de Covid-19 y sus oportunidades

Un riesgo mayor sería caer en el triunfalismo. Celebrar el repunte económico, como corresponde, no significa perder de vista que el alto porcentaje de crecimiento se debe a un espejismo aritmético: el porcentaje es alto porque se mide desde el fondo de la caída. Y la caída fue brutal. ¿Por qué? Porque la economía fue clausurada, y en nuestro país, felizmente, el sector privado es aún el responsable de la mayor creación de riquezas. Lo anterior sea dicho sin detrimento del esfuerzo, por demás meritorio, que ha hecho el Ejecutivo a nivel de las inversiones públicas. Pero el triunfalismo es malo porque nos impide reconocer, en nuestro fuero interno, que hemos errado, lo que facilita cometer nuevos errores. En cuanto a reconocer errores en el foro nacional todos sabemos que sería demasiado pedir, por ser contra natura.

Ahora bien, después del comentario anterior corro el riesgo de parecer negativo. Y este riesgo se hace realidad si señalo que las inversiones públicas aludidas no son el producto de un ahorro previo sino el resultado de empréstitos masivos que gravitarán, ineluctablemente, sobre las finanzas públicas en los años venideros. El pago de intereses en cuantía mayor implicará tener menos dinero para mejorar la salud pública, la educación, las infraestructuras, la seguridad pública, etc. Refuto, sin embargo, el posible cargo de negativismo que puedan hacerme almas candorosas o malintencionadas y me apresuro a señalar que dadas las circunstancias no puedo por menos que aprobar las inversiones públicas aunque significan un aumento de la deuda; y para que no quepa duda de mi buena fe añado que, de no darse una sorpresa muy agradable, la inflación se encargará con el tiempo de mermar la carga económica de nuestra deuda, al pagar el monto adeudado con dólares devaluados. No faltará quien exclame, al leer esta última observación: ¡Menguado consuelo!

Pasando a otra asechanza de la pandemia, confieso que me preocupa mucho el enmascaramiento de la población. Ver conductores de automóviles, solos en el vehículo, con mascarilla; o paseantes al aire libre, a veces en familia, con niños pequeños, todos con el rostro cubierto por la susodicha, conmueve mi optimismo usual y me hace dudar de la capacidad racional de nuestro entorno. He llegado a la conclusión, con perdón sea dicho, de que algunas de nuestras autoridades han propiciado dichas conductas aberrantes exacerbando el miedo al virus o a una represión policíaca que felizmente no ha sido draconiana. Pienso que nuestras autoridades deberían confiar más en el sentido común del pueblo panameño y explicar la razón de ser de la mascarilla, a saber, detener las partículas salivares o mucosas, en caso de tos o estornudo, y para el caso de que tosamos o estornudemos (¡Dios nos libre!) sin tener el mencionado trapo en la cara, evitar la posible transmisión viral tapándonos el rostro con el brazo.

Pero aunque ya he abusado de tu paciencia, querido lector, no puedo dejar de mencionar la peor asechanza de todas: hacer obligatoria la vacuna. En este tema reconozco que mi vocabulario no alcanza para denostar tan funesta idea. No ignoro que en otras latitudes no han faltado líderes obtusos que han acudido a dicho expediente (con resultados muy pobres en algunos casos y amplia cosecha de insultos) en nombre de la salud pública, violentando los principios más sagrados en que se asienta la civilización occidental, como son el respeto a la integridad física y moral de las personas; desconociendo además ciertas realidades clínicas como los riesgos inherentes a la vacunación o su irrelevancia práctica cuando el individuo goza de un sistema inmunitario reforzado por una infección previa o por medidas preventivas como la utilización de la ivermectina, o por razón de edad en el caso de los menores, o por suerte.

A mi juicio nada crearía en nuestro país un cisma social y político más grande, ni resentimientos más incurables, que imponer tamaña medida a los ciudadanos, aunque sea mediante obligaciones o discriminaciones que se traduzcan en el mismo resultado. Hace un par de días, sin embargo, me enteré, con incredulidad y asombro, de que la más alta autoridad sanitaria del país anunciaba la imposición de ese adefesio jurídico a nuestros servidores públicos. “Cosas veredes Sancho”, sentenciaba nuestra máxima figura literaria. Pero a pesar de la advertencia la realidad no deja de sorprendernos, por decir lo menos. Abrigo la esperanza, que no pocos en nuestro país calificarían de ingenua, de que en el alto mando del partido gobernante haya todavía mentes lúcidas que detengan semejante desafuero. Humillar de esa forma a un grupo importante de nuestros compatriotas convencería, al menguante grupo de los que aún creen en este Gobierno, de que definitivamente la competencia y la racionalidad no son su fuerte y la pregunta inevitable sería un perplejo y creciente: ¿Por qué?

Quiero terminar estas reflexiones con otra cita evangélica: “La verdad os hará libres”. Que así sea. Esta cita me recordó la admonición de un líder panameño, de esos que tienen luces y sombras, el cual dijo en el apogeo de su poder: “Díganme lo malo, que lo bueno ya lo sé”.

El autor es abogado


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