Nos dirigimos a un emocionante futuro en el que todas las energías del mundo serán renovables. El mundo del mañana será impulsado por energía solar o eólica. Todos nos moveremos en coches eléctricos que no contaminen el medio ambiente y consumiremos energía a una fracción del precio actual. Es solo un tema de voluntad y la aspiración a un mejor planeta para nuestros hijos.
Haber leído este párrafo sin percatarse de lo absurdo del mismo, es un síntoma más de que como sociedad confundimos nuestros deseos con la realidad.
En la actualidad, el petróleo, el gas natural y el carbón proveen el 80% de la energía que consume el mundo. En 2002 era 82%. El petróleo continúa siendo la energía que usa el 96% del transporte global.
Contrario a lo expresado por el bombardeo mediático sobre la inminencia de la era de la energía renovable, no estamos ni cerca de abandonar los combustibles fósiles. Esto ha sido después de “invertir” 5 trillones de dólares en el mundo occidental.
Quizás el problema tenga que ver con el concepto que tenemos de energía “renovable”. Toda maquinaria de producción de energía debe ser fabricada con materiales primarios extraídos de la tierra que terminan en productos que eventualmente se desecharán.
Ningún sistema de energía es en realidad renovable y, como lo expresó un estudio del Banco Mundial del 2017 (The Growing Role of Minerals and Metals for a Low Carbon Future), las tecnologías verdes son significativamente más consumidoras de materiales que las fósiles.
Que minerales como el cobre, hierro, níquel, zinc, cobalto, litio y grafito sean indispensables para producir metales, turbinas, paneles solares y baterías, no nos deja más opciones que un futuro en donde se potencie aún más la minería. ¿Dónde se desarrollará esta? Pues un lugar sería China, ese gran baluarte de la batalla contra el cambio climático, que es la mayor fuente mundial de los materiales de producción energéticos. Si creen que depender totalmente de China para estas necesidades no tiene un precio, pregúntense cómo nos ha ido con la dependencia del petróleo de Rusia.
Esta es solo una de las incongruencias morales que tiene que usar coerción para aplicar energías renovables.
Como ejemplo tenemos una Alemania como campeona del uso prevalente de la energía solar, pero con un aumento en el costo energético de un 53% al mismo tiempo que incrementó los impuestos a combustibles fósiles, dejando sin opciones al alemán promedio. Alemania además subsidia a cada fabricante de carros eléctricos con unos 10 mil dólares por unidad.
Si en cambio tomamos nuestras decisiones en base a la muy burgués idea de que cualquier precio es necesario para salvar el planeta, la prognosis no es alentadora. La Agencia de Energía Internacional (IEA) estima que si cada nación del planeta cumple con su tremendamente ambiciosa meta de propiedad individual de carros eléctricos (esto incluye China que nunca ha firmado estos acuerdos) se reduciría las emisiones de CO2 en esta década en 235 millones de toneladas. Esto, según el modelo estándar del Panel Climático de las Naciones Unidas, reducirá la temperatura global en 0.0001 grados Celsius para final de siglo.
Todo esto sin siquiera haber mencionado la enormidad de la contaminación que deja a su paso desechar las tecnologías renovables. Un estudio del New Harvard Business Review encontró que los paneles solares contaminarán 50 veces más y con un costo cuádruple al de sus pares fósiles. En muchos casos es inclusive más económico enviar estos desechos a países de tercer mundo.
Creo que todos aspiramos a un mundo con más responsabilidad en el consumo energético. Al momento que la ciencia pueda lograr que las mal llamadas energías renovables no solo beneficien a políticos y grupos de interés sino a ciudadanos comunes, habrá una aceptación que no necesitará de mandatos ni propaganda. Hasta entonces aceptemos el mundo como es.
El autor es abogado y miembro de la Fundación Libertad
