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Lectura de la educación panameña: el caso de la calidad de los aprendizajes

Lectura de la educación panameña: el caso de la calidad de los aprendizajes

El debate sobre la calidad de la educación panameña se ha incrementado, entre otras razones, por la aplicación de pruebas internacionales de evaluación educativa y los resultados dolorosos que hemos obtenido. Hoy, cobra vigencia por la incertidumbre que sufre el sistema producto de la pandemia.

Se trata de un fenómeno complejo y polisémico, debido a las múltiples variables que la condicionan. Por ello, propongo unas reflexiones sobre una parcela, muy debatida, de esta realidad: la calidad de los aprendizajes y tres causas internas al sistema, que la afectan.

La primera causa coyuntural fue la institucionalización de la jornada única a principios de 1970, producto de una decisión populista.

Por estos años, la Unesco impulsaba los procesos de democratización de la educación, incrementando la construcción de infraestructura escolar y presionando las finanzas públicas.

En respuesta a esto, la jornada única fue la solución- intención oculta- para solventar la falta de recursos financieros y atender el crecimiento de la matrícula escolar. Específicamente, la hora-clase pasó de 45 a 35-30 minutos, agravándose por la adición de “nuevas” asignaturas (informática…). Igualmente, surgen centros escolares con jornada única matutina y única vespertina, aglutinando una matrícula que sobrepasa los 1,500 estudiantes y creando “anarquías organizadas” que dificultan la gestión de los procesos administrativos y curriculares.

Este hacinamiento afecta el 30% de las escuelas del país, mientras el 70% restante son escuelas multigrado, cuya capacidad instalada sobrepasa la utilizada; también salieron favorecidas con esta medida, a pesar que un docente atiende varios grados a la vez.

Como se observa, el tiempo real dedicado al aprendizaje quedó mutilado y “crucificó” la calidad de los aprendizajes.

La segunda causa estructural remite al currículo escolar que padece de obesidad enciclopédica en los contenidos, carentes de profundidad y con debilidad crónica en los del área de las STEM (ciencia, tecnología, matemática).

Por su parte, los planes de estudio muy fraccionados en asignaturas, producen aprendizajes segmentados, que a los estudiantes les cuesta relacionar. Ejemplo: en primer grado, el estudiante cursa nueve asignaturas semanalmente, mientras el de sexto lo hace por diez.

Particularmente, los programas tienen una estructura conductista que induce al docente a “disfrutar” de objetivos, contenidos y actividades puntuales, cuyo efecto es “desconectarlo” del análisis crítico, reflexivo y creativo de dichos componentes, para contextualizarlos en la práctica docente.

En fin, esta arquitectura curricular adolece de pertinencia pedagógico-didáctica, epistemológica y tecnológica, mientras la creatividad docente “amputada” por su racionalidad técnica y la mecanización del proceso de enseñanza, empobrecen la calidad de los aprendizajes.

La tercera causa coyuntural atañe a la fragilidad de la infraestructura tecnológica y al rezago tecnológico de profesores y estudiantes.

El único esfuerzo planificado fue el programa “Conéctate al conocimiento” (2004-2009), que dotó de ordenadores, laboratorios e internet a algunas escuelas del país.

La realidad hoy es distinta. Este programa descontinuado se hizo obsoleto; mientras un estudio reciente en estudiantes de 15 años indica que Panamá está debajo de Costa Rica y República Dominicana, en “conexión a internet, acceso a computadoras y software educativo” (Cepal,2020). Si proyectamos estos datos al docente, se vislumbran resultados similares, con el agravante de que son inmigrantes digitales (Gordón, 2021).

Esta variable deterioró la calidad de los aprendizajes en estos dos años y es un desafío inaplazable.

Como colofón, las tres “patologías” analizadas hacen una mirada incompleta sobre la calidad de los aprendizajes, pero aspiran alertar por voluntad política y técnica para mitigarlas. El Copeme puede ser el ente catalizador para “izar las velas” de este apremio. Por lo menos valorar cambios en dotar de autonomía administrativa y curricular a los centros escolares; solución a la jornada única; reconstrucción del currículo de educación primaria enfocado en los déficits lingüístico y de las STEM, y proveer infraestructura y formación tecnológica.

Si no actuamos ya, el sistema expirará, mientras seguiremos “preparando a los estudiantes para un mundo que ya no existe” (OCDE, 2020).

El autor es doctor en pedagogía y editor de la revista Visión Antataura


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