Si hablar y escribir con propiedad nominara, Panamá significaría abundancia de deslenguados. Según entendidos, a diario farfullamos algo que remeda al castellano. El uso coloquial y poco castizo de la lengua desgasta aquel brillo natural que llaman corrección. Por otra parte, mientras la maestra insiste que la letra entra con sangre, el niño persiste en un juego que entra por el placer. Sólo cuando el niño crece dicen que madura descubrimos el placer del juego de aspirar los aromas del idioma cultivado al estilo clásico.
Con computadoras y teclados en inglés, e internet, tildar quedó como antigüedad de museo. Si la ortografía pasó de moda, la ortofonía, el arte de la pronunciación atildada, termina disminuida a pedantería y remilgo. Pero el desarrollo del lenguaje seguirá separando al mono del hombre, por lo que tests psicológicos lo incluyen como base para medir la inteligencia. Aún así el reclamo de hablar y escribir con corrección, permanece relegado a voces académicas y pocas veces reclama titulares. Algunos periodistas parecieran adjudicarse licencia para inventar palabras y acepciones. Mientras los medios, que viven del idioma, miran para otro lado.
La enseñanza de la gramática y ortografía, a punta de planas y jaladas de orejas, devino en coartada para blandir el autoritarismo escolar y familiar. Así, resultaría ilógico tomarle gusto a la corrección en el idioma. Mejor entendernos masticando esta jerga de invención colectiva, que cual chicle, alarga y encoge a voluntad del rumiante.
El proyecto de ley que establece el uso del inglés como idioma comercial reanima una antigua polémica. La Academia Panameña de la Lengua, en la voz preclara de la poetisa Elsie Alvarado de Ricord, reclama que No existe ninguna supuesta ventaja comercial que pueda estar por encima de la dignidad y decoro nacionales. La eximia Asociación de Poetas de la Décima respalda la vibrante denuncia.
Por otro lado, la extendida idea que la naturaleza flemática del idioma inglés lo ajusta mejor a las faenas comerciales, que el romántico español, pinta tan trasnochada como ridícula. Pero aquel es el idioma usual de lo comercial, y de no reconocerlo, pecaríamos de chauvinismo.
Cobijar a la Zona del Canal por un siglo y la migración jamaiquina, da pie a que Panamá aparezca en los almanaques como país bilingüe. Pero hasta en Colón, Calidonia, Bocas del Toro o Río Abajo, donde alguna vez floreció, ahora el inglés no pasa de strike one, y one, two, tree. Mas los panameños dispondríamos de importante ventaja competitiva si fuésemos tan bilingües como el mundo colige.
Aquellos que arguyen sin razón que oficializar el inglés comercial supone negar jerarquía a nuestra lengua materna, proponen que antes que incentivar su aprendizaje, deberíamos aprender bien español. Y por qué no podemos aprender ambos.
Aunque más de 400 millones hablamos español, desde siempre este pareciera incómodo consigo mismo. Luce eternamente abierto a influencias etarias, geográficas, científicas y étnicas. Pero como organismo vivo que es, reclama instituciones que gestionen su evolución. Mas, dos corrientes, igual de extremistas, pretenden dirimir el cambio: puristas exacerbados y ultraliberales. Los primeros, académicos reaccionarios, especie de inquisidores del idioma, comen manuales de gramática y deponen diccionarios. Obsesivos cazadores de vicios y de viciosos, los que ubican con profusión en los medios de difusión. Estos enemigos del imperfecto lenguaje coloquial, y sobre todo, de la jerga juvenil e interiorana, terminan arrollados por lo nuevo.
Otros extremistas, los ultraliberales, violentan cuanta aduana idiomática pretenda atajar influencias. Equiparan el idioma a un encadenado clamando libertad. Pero por la euforia desordenada de admitir en forma irreflexiva lo novedoso, reproducen in vitro todo virus, en una labor que, más que enriquecer, corrompe el idioma.
Del habla cotidiana del panameño, de una juventud muy importadora de anglicismos, como también de políticos y periodistas, surgen innovaciones, que nuestro lenguaje coloquial, tan fácil a la novedad, deglute. Así, sin hablar con corrección español ni inglés, terminamos engrosando la mayoría deslenguada.
