Ante la expectativa que levanta en lo venidero el debate de un proyecto de ley para regular la profesión del historiador, mucho se ha dicho de si es necesario reconocerle idoneidad a la profesión o si realmente es pertinente que los historiadores deban ser contratados en los museos nacionales. Ante esa inquietud, solo me resta pensar que existe un enorme desconocimiento en la población respecto a la profesión y labor de un historiador. Quizás esa visión obedece a la creencia generalizada de que se estudia historia para ser educador, ya sea a nivel de colegio o universidad. En mi pensar, de más de veinte años en la profesión, considero pertinente que el profesional de la historia sea reconocido como cualquier otro profesional de este país que aspira a tener una idoneidad, merced de estudios superiores que así lo prueben. Igualmente, debe darse la oportunidad para ampliar el radio laboral más allá de las aulas, no por el simple hecho de crear empleo, sino porque ese historiador con un mayor rango de acción laboral podría brindar resultados muy productivos en lo cultural y turístico, generando así más ingresos al país.
En mi experiencia, la de un historiador que por más de una década ha estado alejado del aula de clases, el caudal que un profesional de esta rama puede imprimir a un museo de historia nacional, independientemente de que sea estatal, privado o administrado por un patronato, va más allá de lo imaginado. Lastimosamente, eso ha pasado desapercibido a la vista de muchos.
Un historiador en un museo no es un guía, ni está allí para atender grupos. Su aporte es multidinámico al ser el investigador que tiene la responsabilidad de conceptualizar guiones y redactar texto para salas tanto temporales como permanentes; participar de la investigación de piezas que conforman la propuesta tridimensional del museo; contextualizar las piezas del museo para que no resulten disonantes en la narrativa del mismo; ejecutar proyectos de libros-catálogos que narren la propuesta del museo y su contenido haciendo más próximas las piezas al público general; ejecutar proyectos de historia oral, entrevistas y audiovisuales que garanticen la continua actualización de la información que conforma el museo; coordinar proyectos de rescate documental a fin de enriquecer los venideros proyectos expositivos, a más de colaborar de primera fila en el fortalecimiento de la identidad nacional, siendo un vocero bien ubicado de nuestra memoria histórica.
Igualmente, pensar que un historiador fuera de las aulas sólo puede desarrollarse con éxito en el campo museístico es un error de visión. La capacitación y fortaleza académica de los historiadores les permite, sin mayor contrariedad, organizar, catalogar y administrar archivos históricos de instituciones, tanto estatales como privadas. De eso puede dar fe la creación del primer Acervo Histórico Diplomático de la República, en donde las orientaciones de un historiador, junto con un equipo multidisciplinar de profesionales y la voluntad institucional, rindieron frutos rescatando y haciendo disponibles archivos que narran la historia de las relaciones de Panamá con el mundo.
Aún así, la pregunta que cabe es: ¿cuántas oportunidades de aportar en proyectos como este, que deben ser el norte de recuperación de nuestra memoria y estar al acceso público, se presentan para los historiadores en nuestro país? La respuesta es ninguno o muy pocos.
En referencia a los proyectos de gestión cultural, los historiadores hemos quedado excluidos de cargos de asesoría y promoción cultural en prácticamente todos los municipios del Estado. Obviar que este recurso humano puede brindar frutos impresionantes trabajando ese rubro para con la niñez y la población en general desde el ámbito municipal, es estrechar la visión promocional de la cultura, angostando aún más el campo laboral del historiador y nuevamente empujarlo a la docencia como único medio de desarrollo profesional. Igualmente, en este sentido, un historiador podría brindar luces largas en nuestras agregaciones culturales de representación internacional del Estado, como las agregaciones culturales de las embajadas; sin embargo, este es otro campo en el que se prescinde de la participación de historiadores.
Por otra parte, es invaluable la labor que podría desarrollar un historiador en la organización, administración y catalogación de centros de documentales en Panamá; sin embargo, en un país de mega proyectos no se ha incentivado con gran empeño la creación de los mismos, ni en el ámbito estatal ni privado, y mucho menos en el ámbito de patronatos. La única excepción a la regla en este sentido fue la ampliacion del canal, que tuvo su centro de documentación del proyecto en el que lastimosamente hubo muy poca participación de historiadores. El crear estos espacios es de suma importancia para entender a futuro los adelantos a pasos agigantados de nuestro país. Para ello, la asistencia de historiadores es imprescindible y sustancial.
En el campo investigativo se ha hecho esfuerzos para que el historiador, sin estar adjunto a la docencia, tenga la oportunidad para desarrollarse al crear el primer centro de investigación estatal no adjunto a una institución educativa. El logro es loable y digno de exaltar por esta gestión gubernamental. Esperemos que rinda frutos y aportes invaluables.
Lo preocupante de continuar esta situación de limitaciones del espectro laboral para los historiadores, es que llegará un momento en que simplemente la carrera de historia no será apetecible, pues no todos los jóvenes que consideren estudiarla pensarán en desarrollarse como docentes. De hecho, ya en ocasiones anteriores la carrera ha padecido descensos considerables en su matrícula. Sería de lamentar que, merced de una enorme falta de oportunidades, en un futuro no muy lejano la misma llegue al cierre, pues quedaría la producción de historia en las manos menos apropiadas para sostener una identidad nacional.
Es buena hora de honrar una profesión que ha estado intrínsecamente ligada a salvaguardar nuestra identidad como pueblo, una profesión cuyos miembros han dado todo su intelectualidad en la lucha por la recuperación de nuestro territorio durante el siglo XX. Es buena hora de entender que si bien un historiador puede dar un invaluable aporte en la educación, tanto o más podría dar al ofrecerle la oportunidad y el reconocimiento idóneo en otras áreas de desarrollo profesional que brindan frutos para el fortalecimiento de nuestra identidad y cultura. Me gustaría terminar diciendo una frase de mi madre-abuela: “El mejor homenaje es reconocer los méritos de los demás; la peor injusticia es hacerlos invisibles”.
El autor es historiador profesional, ex investigador- guionista del Museo del Canal Interoceánico y primer director del Acervo Histórico Diplomático de la República
