Casi siempre que se aborda el tema de los medios de comunicación, se termina demonizándolos o ensalzándolos. Tal vez no sea esa la intención, ni se trate de juzgar la actuación de uno u otro medio, pero hay hechos que aun cuando quisiéramos minimizar, tienen un impacto en la educación del panameño. Tal es el caso de la televisión en Panamá, que en su condición de medio casi omnipresente en nuestras vidas, es quizás el que mayor influencia ejerce, por ello es en donde más despropósitos podemos notar día con día.
Tenemos claro que la televisión comercial es un negocio y, como tal, necesita ser rentable, tal rentabilidad depende de la publicidad y ésta, de la cantidad de televidentes potenciales. Es una especie de círculo vicioso en el que la sexualidad, la superstición, lo esotérico y el drama cursi cobran protagonismo. Esto nos lleva a dos preguntas: ¿Será cierto que estos temas predominan, porque es lo que los panameños desean ver? O ¿será que los panameños consumen esta programación, porque es la que les brindan?
La responsabilidad social empresarial de las cadenas televisivas desarrolla un papel importante ante las necesidades de un amplio segmento de la población necesitada, pero la responsabilidad también debe extenderse a los valores que proyectan los programas de producción nacional y extranjera. La televisión –aun cuando no quiera- proyecta modelos de comportamiento, y si bien es cierto que se ampara en el derecho de la libertad de expresión, quienes programan deberían ser más sensibles a los horarios, temas, tratamiento de estos temas, etc.
¿De verdad habrá tantos panameños interesados en trivialidades como que la perrita de alguien de la farándula haya tenido crías como para sacarlo en un noticiero? Me asusta creer que tantos panameños confíen en baños de suerte. Ni pensar en las barbaridades que se han visto en carnavales. Basta ya del culto a la superficialidad, a lo chabacano y a la vulgaridad ramplona, asumamos la parte de responsabilidad de cada quien. El Panamá mejor que queremos no puede esconderse en la desesperanza ni el pesimismo.
Con una educación deficiente, con fuerzas vivas de la nación que parecen ausentes en momentos de crisis, los medios tienen que desempeñar un liderazgo, como lo han hecho en el pasado. No podemos sucumbir a las circunstancias acomodaticias de la feroz economía de libre mercado ni a los espejismos de esta democracia a medias.
