Reconocida como uno de los eventos naturales más comunes, pero al mismo tiempo indispensable para el desarrollo de la vida en el planeta, la precipitación o lluvia, como se le suele decir, es un fenómeno atmosférico de tipo hidrometeorológico que se inicia con la condensación del vapor de agua contenido en las nubes, y depende de tres factores fundamentales: la presión atmosférica, la temperatura y, especialmente, la humedad de la atmósfera.
Esta agua que cae y escurre sobre la superficie terrestre regula la temperatura del entorno geográfico, condiciona, modifica y ha dado origen a extraordinarios paisajes que hoy deslumbran el mirar de los seres humanos. Por milenios ha sido un evento admirado por las diversas culturas, atribuyéndose a factores divinos y mágicos, cobrando a su vez la vida de numerosas personas en sacrificios ofrecidos en lo amplio del plano cartográfico y culpando la furia de los dioses por los inusuales eventos extremos que no se podían explicar.
En la actualidad, estos eventos extremos son cada vez mas usuales y se busca una explicación a sus causas. Publicaciones recientes buscan entender el comportamiento y la variabilidad en la frecuencia de las fuertes lluvias, conocidas como eventos extremos. La intensificación de los eventos extremos se relaciona hoy en día con las alteraciones que han tenido las variables del clima como respuesta al cambio climático. En el transcurso de las últimas cuatro décadas se ha observado que los regímenes de lluvia han cambiado en todo el planeta, aumentando y disminuyendo.
En cuanto al territorio istmeño, Panamá cuenta con una alta pluviosidad; en todo el territorio se disfruta de verdes doseles, caudalosos ríos, abundante fuente de agua para las potabilizadoras (aunque zonas de la ciudad capital y del país presenten problemas con el potable líquido en cuanto a calidad y cantidad), cosecha de lluvia, productivos campos y una economía que fluye sobre las aguas que se deslizan sobre el paso canalero.
Sin embargo, los resultados de algunos modelos climáticos reflejan disminución en cuanto a la precipitación, días húmedos y aumento de los eventos extremos, reflejando incertidumbre en el devenir de la nación. De acuerdo con un estudio que incluye una línea base desde 1970 al 2010 en el área metropolitana panameña, la precipitación refleja un comportamiento similar en el transcurso de cada década, con sequías que coinciden con los años del Fenómeno del Niño cuando la precipitación es de cero milímetros, o sea que no llueve. Los meses más húmedos son septiembre, octubre y noviembre, y la década más húmeda del estudio, 1980. En un análisis posterior, se observan dos grandes eventos extremos con un periodo de retorno de 100 años, ocurriendo estos en 1909 y el siguiente en 2010, según los datos del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI).
Los eventos extremos están ocurriendo cada vez con mayor frecuencia. El tiempo entre uno y el siguiente se está reduciendo o la intensidad de las lluvias ocurre en menos tiempo, convirtiéndose estas en eventos extremos. Esto se traduce de la siguiente manera: si en un mes determinado llueve 300 milímetros en total durante 30 días, bajo los efectos del cambio climático pueda que precipite esta misma cantidad, pero ya no será en 30 días, sino en 15 o 10 días o peor aún, en menos tiempo, lo que intensifica los efectos secundarios: sobrecargo en las cuencas hidrográficas para distribuir el agua que recibe, traduciéndose como inundaciones.
Algunos estudios recientes muestran para América del Sur (en muchos modelos Panamá está incluido en este bloque geográfico) variabilidad y significativos cambios en los días húmedos, precipitación y tiempo de ocurrencia de los eventos extremos. Por lo cual, es importante para la región en específico, Panamá y Centro América, hacer estudios y escenarios con datos tomados por las estaciones hidrometeorológicas y tener proyecciones mas ajustadas a la realidad.
El autor es geógrafo, hidrólogo, hidrogeólogo y doctor en Cambio Climático