Tal cual sospechaba hace dos semanas, a estas alturas estaríamos metidos en un despelote, producto de los arrebatos del troglidita que ha ocupado la Casa Blanca los últimos cuatro años.
Al momento de escribir este artículo, siendo viernes por la tarde, es un hecho que, cumpliendo la palabra empeñada, Donald Trump no reconoce el resultado electoral, básicamente porque no ganó. Después de escuchar sus argumentos queda claro que la razón de fondo para su negativa a aceptar lo que los votos dieron como resultado, es que perdió. A lo cual no está acostumbrado. Durante toda su vida, cada vez que algo no fue de su agrado, torció las reglas, para salirse con la suya. Eso ha servido para declararse en bancarrota no sé cuántas veces, para evadir impuestos descaradamente (presumiendo por ello) y para engañar a sus esposas con modelos y actrices del cine porno, pagándoles para que no lo hiciesen público.
En una entrevista en el mes de octubre, quien hizo una predicción detallada del futuro fue Bernie Sanders. En ese momento, explicó exactamente lo que pasaría. Que, al contarse los votos emitidos el día de la elección, en su mayoría de la trumpada, el presidente saldría a decir que había ganado y que debía suspenderse la cuenta de votos, alegando intentos de fraude.
Lo que no estaba claro es que este tipo se atreviera a pararse en un podio en la Casa Blanca, echando fuego por los dos extremos del aparato digestivo, a denunciar el proceso electoral con argumentos ridículos. Según la sarta de mentiras que leyó ese día, todos los estados en disputa son controlados por demócratas, cuando Georgia y Nevada tienen gobernadores republicanos. Inventó conspiraciones de cómo bloqueaban a “sus voluntarios”, cuando esa misma tarde se transmitieron videos donde los representantes de ambos partidos revisaban civilizadamente los votos en los sitios de recuento. Y amenazó con montar denuncias legales de ser necesario hasta la Corte Suprema, para hacer que se eliminen los votos de Biden y poder así ganar la elección. Sin duda, cuando decía que tratarían de robarse la elección, sabía perfectamente de lo que hablaba.
Al margen de los arrebatos, esto es mucho más serio. Al final, hay casi 70 millones de americanos que votaron por un tipo que lleva cuatro años insultando, apoyando grupos supremacistas, ignorando la pandemia y haciendo campaña basada en racismo.
Otro elemento que se comprueba en esta elección es que Estados Unidos está profundamente dividido. Viendo el mapa electoral, es claro que los centros urbanos, donde se concentra la población más educada, votaron predominantemente por Biden. Mientras que las áreas rurales, con poblaciones con menos educación formal, apoyaron masivamente a ese Trump que se burla de la ciencia. Muchos siguen trancados en aquel concepto binario setentero de capitalismo vs. socialismo/comunismo (como si fueran lo mismo). Así, en Miami, muchos inmigrantes cubanos y venezolanos se subieron en el carrito del anticomunismo, para apoyar a un presidente que desprecia a los latinos y a los inmigrantes.
Por último, está el elemento de carácter. Es sorprendente escuchar que “no dice las cosas bonitas, pero dice la verdad”. Me perdonan, pero hay niveles elementales de respeto. Una cosa es que un presidente no tiene que ser un paladín de lo políticamente correcto, y otra que se defienda a alguien que solo echa improperios por el hocico. Porque si bien es cierto que no hay que ser santo para ocupar la presidencia, tener algún valor ético no le hace daño a nadie. Pienso que un tipo que abiertamente dice que a las mujeres se les puede agarrar los genitales si eres famoso, que dice que su hija es “hot” y que no sale con ella porque es su hija, que no violaría a una mujer por fea, que constantemente se burla y pone apodos a todo el mundo, que miente descaradamente con teorías de conspiración sin ningún tipo de argumento racional o verificable, o que ataca a un opositor político insultando a su esposa, no merece ser defendido por nadie.
Esta semana, vi un mensaje de Bruce Springsteen que me pareció una excelente descripción de la presidencia de Donald Trump. Menciona “The Boss” que en estos cuatro años no hemos visto una sola foto familiar del presidente, ni con hijos, ni con nietos, ni compartiendo entre ellos. Los tiempos de los Obama en la playa, los Kennedy montando caballo o los Bush viendo partidos de béisbol, simplemente quedaron atrás. Esos “family values” que curiosamente defendían los conservadores americanos, parecen secundarios.
En fin, el pronóstico se cumplió. Trump va a hacer lo posible para tratar de quedarse en la presidencia. Así en el intento destruya la institucionalidad y ponga en duda la democracia de Estados Unidos. Al final, como toda su vida, a él lo único que le importa es él mismo. Y, ante el silencio del Partido Republicano, esperemos que la sólida instucionalidad que pensaron Washington, Jefferson, Franklin, Hamilton y Adams, logre superar esta crisis, aunque estoy seguro que ellos nunca imaginaron que semejante pelafustán podría llegar a ocupar la presidencia...
El autor es cardiólogo