Hace unos días, mi buen amigo el doctor Daniel Pichel escribió en estas mismas páginas un artículo de opinión sobre las cosas que la pandemia de Covid-19 se ha llevado. Yo quisiera ahora señalar algunos de los legados y las lecciones más importantes de lo que ha sido las crisis de salud más grande en los últimos 100 años.
Primeramente, la evidencia señala que es bastante probable que una vez que logremos salir de las olas pandémicas y una proporción alta de la población esté vacunada, el SARS-CoV-2 permanecerá entre nosotros, en forma endémica, con brotes esporádicos, con nuevas variantes y especialmente entre los no vacunados o afectando a aquellos cuya inmunidad haya disminuido o esté comprometida.
El otro fenómeno heredado de esta pandemia ha sido la multiplicación exponencial de todas las actividades en línea. Muchos se han percatado que pueden trabajar desde casa, que pueden hacer sus compras a distancia, que se puede aprender fuera de un salón de clases y hasta realizar fiestas por Zoom. Nada de esto es nuevo y en muchos casos ni siquiera ideal, sin embargo, un número plural de personas no ha tenido más remedio que “vivir” en internet durante los confinamientos. Más que una evolución, la pandemia ha traído una revolución tecnológica, que ha llegado para quedarse. Para muchos es algo positivo. Para otros, sin acceso a las herramientas de la información y comunicación, es otro paso atrás.
La pandemia también ha demostrado la interdependencia de todos los seres humanos en el planeta. Hemos visto cómo la infección de unas cuantas personas en una ciudad de China inicia una espiral de eventos que ha puesto de rodillas a la economía global y ha causado la muerte de más de 4 millones de personas y enfermado a más de 190 millones, en sólo unos cuantos meses. Ojalá esta demostración, este llamado de atención, nos lleve a enfrentar retos (como el cambio climático y futuras pandemias) como lo que realmente somos, una gran aldea global, interconectada e interdependiente.
Las consecuencias de este virus han destacado igualmente las grandes brechas sociales y la inequidad que existe en nuestra sociedad, afectando en forma desproporcionada a los que dependen de las actividades económicas informales o a los trabajadores esenciales que no han podido quedarse en casa y a los más pobres que viven hacinados sin opción a aislamiento o cuarenta alguna. En algunos países de Europa y en Estados Unidos, la pandemia nos ha recordado una vez más la vulnerabilidad de las minorías raciales y étnicas y la dolorosa realidad del racismo sistémico. Este último, una lacra social y una vergüenza histórica que perdura aún hasta nuestros días.
Esta crisis de salud pública ha desenmascarado a los gobernantes populistas, que han negado la ciencia por razones políticas o por ignorancia y que no han tenido el valor de enfrentar la verdad o de tomar las medidas necesarias a tiempo. Acciones irresponsables e imperdonables que muy probablemente la historia recordará. Hasta el pueblo de Cuba, afectado por la pandemia, la escasez y la miseria, en un acto insólito, ha salido a las calles a protestar, pidiendo libertad después de 62 años de silencio y sufrimiento.
El SARS-CoV-2 ha destacado la importancia de la ciencia, la importancia del pensamiento crítico, lo esencial de tomar decisiones basadas en la mejor evidencia científica y lo importante de tener planes globales para la detección y respuesta rápida a estas emergencias. Ha demostrado también cómo la desinformación puede resultar en la muerte de miles de personas y nos ha recordado lo infinito de la estupidez humana, como escribiera alguna vez Alberto Einstein.
Mucho se ha avanzado en nuestro entendimiento sobre esta familia de virus, su interrelación con nuestro sistema inmune y sobre cómo produce la enfermedad. Todo este conocimiento va a servir para tratar otras enfermedades. Pero sin duda el más importante legado ha sido le extraordinaria eficacia, seguridad y efectividad de las vacunas de ARN mensajero. Esta tecnología va a ayudarnos a terminar con la pandemia y va a abrir las puertas para la prevención de muchas otras enfermedades infecciosas, y va a ofrecer una nueva alternativa para el tratamiento de trastornos genéticos y el cáncer.
Finalmente, la vertiginosa diseminación del SARS-CoV-2, su transmisibilidad y su letalidad ha destacado la fragilidad de la salud y de la vida humana. Como aquel depredador que ataca a las presas más débiles de la manada, el SARS-CoV-2 afectó primero a las personas de mayor edad, a los portadores de enfermedades crónicas y a aquellos cuyo sistema inmunológico estaba debilitado. Sin embargo, una vez que haya vacunas suficientes, este depredador microscópico va a afectar y matar principalmente a los no vacunados. A esos que, malinformados o preocupados por los efectos adversos infrecuentes de las vacunas disponibles, decidan no recibirlas. Y afectará también a sus amigos, familiares y contactos vulnerables, porque sabemos que, aunque muy buenas, las vacunas no son infalibles, especialmente contra algunas de las variantes del virus. En los hospitales veremos a los que erróneamente asumen que la vacunación es un asunto estrictamente personal, sin darse cuenta de que, en decisiones de salud pública, la protección y el bien común está por encima del derecho individual.
El autor es médico, especialista en enfermedades infecciosas

