Al final del camino, si no fuiste justo, honrado y humilde, te dolerá más la vida que la muerte. Inicia mi pesadilla… Existen prójimos que reclaman respeto a su dignidad, demandando judicialmente a periodistas, comentaristas, periódicos, por sus percepciones y opiniones, como si estos fueran responsables de sus múltiples errores morales y éticos... Ni la dignidad ni la jerarquía se exigen ni demandan; se ganan con el buen ejemplo. A estos prójimos les duele la exposición a comentarios y opiniones de sucesos públicos.
Son los que quieren delinquir a como de lugar, pero no quieren que se comente ni opine sobre sus múltiples errores. Son los cobardes enmascarados de siempre y, como Satanás, persistentes en su maldad. Son los que agitan a Colón en perjuicio de sus necesitados habitantes, con el fin de “negociar” una tregua, quid pro quo, algo por algo; detengo las manifestaciones si tú detienes las acciones legales y en derecho contra mí, por sospecha de los muchos delitos que he podido cometer.
Sí, me fui huyendo - ¡y qué!-; pagué así una de las primeras muertes de los cobardes, no di la cara y me refugie en un país democrático porque creí en mis relaciones y favores de inteligencia… Me salió la bruja, me detuvieron y estuve preso por varios meses. Me esposaron y humillaron metiéndome en una celda oscura, húmeda, fría, vigilado día y noche, pagando otra muerte por cobarde. Pero luego llegue a otra cárcel, peor que la anterior por que podía ver los barcos que circulaban libres, mientras que yo era esposado y conducido a juicio, en la que mi cobardía ya tenía grado de maestría. Así y allí, entendí que hiciera lo que hiciera, ni la muerte me libraría de la humillación y estigma del señalamiento público, ni del dedo acusador de la justicia, y, más grave aún, mi conciencia, la que no me deja dormir, diciéndome constantemente “culpable, eres culpable”, nada que hagas te liberara de mí, tu conciencia, con la que tendrás que vivir lo mucho o poco que te queda de vida. Tarde entiendo que hay hechos en la vida que te marcan para la eternidad. Pero no me arrepiento; tengo todo lo que quiero, aviones, mansiones, barcos, dinero, mucho dinero, y mujeres exóticas. Si solo pudiera deshacerme de esa maldita conciencia que me persigue día y noche, aunque en ocasiones la duermo y entretengo con alcohol, mucho alcohol, y algunas medicinas.
Cállate, te exijo que te calles, no escribas más de mi, entiendes que ofendes mi dignidad… No te atrevas a mencionar a los míos, te lo prohíbo, guarda silencio y no escribas sobre ellos, esto hace explotar mi conciencia, que me dice “eres culpable por omisión y negligencia” de lo delicado de la vida legal de los míos, de sus relaciones que los señalan como receptores de millones, en cuentas bancarias alrededor del mundo. Si no callas te haré pagar con acciones de mi mediador y urgido receptor de mis pitanzas.
Atención, despabílate, procede a demandar a aquellos que confiesan pagos a ti y a los tuyos; esos son lo que no te dejan dormir por ser el origen de todos los comentarios y opiniones sobre ti y los tuyos. Fin de mi pesadilla… La vida es sueño, y los sueños, sueños son.
El mayor problema de Panamá es la corrupción que deriva en el grave deterioro de la institucionalidad; los antivalores acaban con esta, y los monstruos cleptómanos se nutren de los antivalores.
Como no se lo suficiente como para tener miedo, mi ignorancia me impide tenerlo.
Así lo percibo, así lo escribo.
El autor es ciudadano