Las crisis y las pandemias sacan lo mejor y lo peor de la gente. Los buenos brillan y los malos validan su mala reputación. Así, con la excusa del estado de emergencia, la Asamblea Nacional se ha dedicado a aprobar leyes demagógicas, mal pensadas y regresivas. La Covid-19 ha sido para nuestros honorables una “ventana de oportunidad” para pagar y cobrar viejos favores o para buscar el aplauso fácil, a costa de la gobernabilidad y la solidez del país.
Viendo la hornada de proyectos de ley esperando debate, destaca una ley para reformar el transporte selectivo que no tiene otro objetivo que matar a Uber y otras plataformas y así mantener la hegemonía de las mafias del transporte. También está al acecho de la ciudadanía, que ahora no puede ir a debates ni a la gradería, una ley para rebajarle la penas a los corruptos y condenados de crímenes de narcotráfico.
El producto más peligroso de esta mezcla de populismo e ignorancia son tres proyectos de ley, dos de ellos, el 281 y 287, dedicados a imponer una moratoria general sobre pagos y deudas. El otro, 234, de más alcance que la pandemia, busca llevar “alivio financiero” a los ciudadanos morosos y congela las tasas de interés. Estas arbitrariedades ¡ni los militares se atrevieron hacerlas!.
La creación de estas leyes fue espeluznantemente triste. Los diputados se comportaron como un rebaño de elefantes en una cristalería. Torpes, asustados unos y agresivos otros, bufando y empujando mientras hacían añicos el ecosistema de flujos y pagos de la economía. Los nuevos del rebaño, buscando reconocimiento, se portaron como los peores y los veteranos, a sabiendas del desastre, callaron.
A pesar de la malacrianza y el bullying de las jefas (aclaro que entre los elefantes mandan las hembras), debo pensar que el rebaño votó de buena fe. Pero, como reza el dicho: “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”. Las leyes no van a cumplir su objetivo ¡Todo lo contrario! Van a chuparse la precaria liquidez del sistema económico y financiero, empobrecerá a muchos y le pondrá un enorme lastre a cualquier recuperación del país.
Para empezar, moratoria a la brava, en la que la Asamblea decide disponer de la plata ajena sin aprobación de sus dueños, es simplemente inmoral y posiblemente delito. Despojar por ley a un arrendador del producto de su inmueble sin que medie su consentimiento es violación a una relación contractual existente. Forzar a un ahorrista que su plata ahora esté financiando la mora de un tarjetahabiente que no paga sus cuentas, no es correcto, aunque fuese legal. ¡Qué rico es ser solidario con la chequera ajena!
Una moratoria así, aparte de impráctica, rompe la cadena de pagos y flujos sobre los cuales funciona cualquier economía. Dejar de pagar al casero suena muy justo, pero ese casero, pobre o rico, tiene otras obligaciones financieras que atender donde hay más gente necesitada que el beneficiario de la moratoria. En el sistema financiero, el impacto es mayor. La inmovilización del dinero le quita a las instituciones dinero que justamente debe a los ahorristas que se los confían. Además, reduce la posibilidad del sistema de dar financiamientos a quienes siguen moviendo la economía.
Hasta ahora, el sistema financiero ha llevado con mucha efectividad una moratoria voluntaria. Al 20 de abril, solamente los bancos habían modificado préstamos por cerca de B/. 13,0000 millones, beneficiando a casi 600 mil clientes. Tomando en cuenta que faltaban bancos por reportar y que la moratoria bancaria corre hasta fin de junio, veremos esta cifra crecer, estimo yo, 50% más y ojalá ayudar a todos. ¡Eso es ser solidario!
Ahora, los proyectos están en la Presidencia esperando sanción. En estos momentos Nito Cortizo podría hallar inspiración en Harry Truman, un hombre sencillo como él, con gran amor por el campo, que se dice le formó su sentido común. Un estadista que hizo de la adversidad grandes éxitos y que vivió fiel a la frase The Buck stops here, que en buen panameño seria “la pelota para aquí” o, mejor, “este muerto es mío”.
Señor Presidente, ahora la pelota la tiene usted. Confiamos que la pateará lejos. Hay razones técnicas, financieras y económicas de sobra para ello. Pero hay mucho más. Este país necesita que se le devuelva la gobernabilidad. Que se acabe el chantaje del legislativo tomando como rehén el país. Que se reestablezca el sentido moral. Que se reafirme la responsabilidad de cada cual. Y que la solidaridad no sea una mercancía política para engañar a pobres e incautos, destruyendo la fibra productiva del país.
¡Y el rebaño… lejos de la cristalería!
El autor es ciudadano
