Hay un palacio mágico en una colina, un palacio que supuestamente, según la leyenda, es un palacio de justicia. Está asentado en un lugar que antes no era nuestro, y creo que eso destinó a que el palacio tampoco parezca ser nuestro incluso hoy en día. Un palacio digno de un cuento medieval, con reyes suntuosos embebidos de poder, que negocian con sus decretos reales para beneficiar a quienes más cerca están de ellos. Un palacio lleno de aduladores y miembros de la corte que aseguran su lugar con lealtad a su amo, aconsejando según sus propios intereses y los intereses políticos de quién sirven, y no a quién juraron servir cuando son nombrados.
El palacio, como muestra de su compromiso con lo que defiende, despliega en su entrada un cajero automático, un peaje a quienes entran, un mensaje muy a lo Dante: 'abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis'. Y no es la única similitud que tiene con la obra maestra sobre el infierno. Quien haya tenido que hacer un trámite en este lugar, sabe que cualquier procedimiento tiene más parecido con los nueve círculos del infierno, que con una institución pública en un país medianamente serio.
Sin embargo hoy hay movimientos en el palacio, hay cambios a lo interno que todavía no sabemos si son buenos o malos, pero hay cambios. El rey que había dominado el palacio por años, aquel que sobrevivió a varios intentos de derrocarlo y parecía creerse la frase de Luis XIV finalmente parece haber abdicado, y ahora porta la corona una mujer.
Es cierto que la ética, la moralidad, el sentido de justicia, el compromiso con el país y todas esas cualidades y atributos que esperamos de quienes imparten justicia no tienen género, sin embargo, los plebeyos miramos con curiosidad y quizás con algún tipo de anticipación el hecho de que ahora la corte sea dominada por mujeres, sobretodo en un país que necesita urgentemente una corte que proteja y garantice el estado de derecho. Además, genera al menos una pequeña esperanza, que la mayoría de ellos y ellas fueron nombrados siguiendo algún tipo de proceso que pareciera más transparente que el antiguo amiguismo.
El camino no será fácil. Estoy seguro que el antiguo rey dejó trampas, pasadizos y quizá hasta un par de ratas en el palacio que deberán ser removidos para que quienes ahora manejan el edificio puedan hacer su trabajo bien, si esa es su intención. Quizá la transformación más importante de todas es la carrera judicial, que no es más que un mecanismo que le quita poder de nombramiento al Presidente de la corte e instituye un mecanismo de nombramiento, evaluación y seguimiento de los jueces de ese órgano judicial - el antiguo rey, como muestra de su poder, nombró de a dedo a 600 jueces de un solo plumazo-.
Las expectativas de la ciudadanía sobre el actuar de los nuevos ocupantes del palacio están por el piso, y eso juega a su favor, ya que con pocos cambios, importantes y difíciles, pero pocos al final, se puede generar confianza y tranquilidad a la ciudadanía. Y quizás, quizás, empezar a soñar con un palacio que no sea de quién lo habita, sino de todos quienes confiamos y necesitamos de él.
El autor es Director Ejecutivo de Movin

